Mártires, santas e ídolos

El discurso feminista divide a la sociedad en dos clases (por un lado, «hombres», y por otro, «mujeres») e identifica a cada una, respectivamente, con la dicotomía socialista de «opresores» y «oprimidos», como para no salirse del libreto ni desviarse un milímetro de la línea pactada. De acuerdo con esta visión del mundo —aciaga en todo punto—, el hombre sería el opresor, habría creado la cultura y erigido la sociedad, desde sus cimientos políticos —lo que facinerosamente llaman «patriarcado»—, con el fin último de oprimir a la mujer, la eterna víctima de esta funámbula historia. A través de la fuerza física, la mujer habría sido entonces puesta en cautiverio y destinada, exclusiva y excluyentemente, a la familia, a la casa, a la cocina y a la crianza —y hay quien dice que al arte y a la poesía—. En suma: fue puesta a cargo de la germinación y de la geminación humanas, ¡oh, poca cosa!, así relevada del trabajo, de las penurias físicas, de la carga del caos. Al ponerla en el centro de la construcción política (de la sociedad de «las mujeres y los niños primero»), el hombre, y no la naturaleza, habría cernido sobre la mujer una carga («opresión») que no le corresponde, según arguyen. Porque la biología, claro, no existe para estos ojos, ni sus ramificaciones. O, en cambio, si existe, es solo en calidad de «construcción social». Eterna víctima, toda mujer padece al hombre. Es un enfrentamiento, dicen, y llaman —no podría ser de otro modo— a la «lucha de clases», pensando, al fin y al cabo, que otorongo no come otorongo.

Este conflicto, sus acciones y sus dinámicas, produce víctimas, dicen, todos los días, en todos lados, en todo el mundo, perpetradas por criminales que solo pueden ser hombres, portadores del vil pene. Como si las mujeres no tuvieran el poder de emascular, ni de violar, ni de asesinar. Como si no lo hubieran hecho. Como si no lo hicieran. No hay que subestimar su capacidad para negar la realidad. Y no importa, tampoco, si la realidad es solo una construcción social: una ilusión. Le ponen un nombre, «feminicidios», y se llenan la boca con otras palabras, igual de vacías. Dicen: «En toda interacción existe opresión, cada intercambio supone abuso», sin sangre en la cara. Y concluyen, inflamando el pecho de orondo orgullo, de un modo que juzgan moralmente incontestable: «Somos víctimas y el Perú es un país de violadores».

Aunque al día siguiente La Gata asesinara al dueño de un restaurante porque «no había suficiente pollo en el chaufa» y, dos horas más tarde, a su propio compañero y cómplice, a balazos a cada uno. Y luego el pasmoso silencio feminista, lo que sigue a sepulcral. Pero en el Reino del Pirú, «todas las mujeres son víctimas y toda víctima es una mujer», reza el mantra que cantan. Y La Gata gozó del amparo silencioso de las feministas. Porque no importan la verdad, ni la realidad, ni la lógica, ni el sentido común. Tampoco, la racionalidad. «Ni una menos», canta aquella gorda activista lesbiana, acusada por su pareja de violencia física doméstica. Una denuncia que, desde luego, pasó en silencio. Porque no importa. Negar la realidad es buen negocio. La mujer es víctima en todos los escenarios, dicen, más aún en aquellos en los que sobre ella recae la responsabilidad quebrada y perdida. La excusan diciendo que ello es un «lavado de cerebro» y que la mujer padece una «crianza patriarcal» que la ha cableado así, obligándola a «internalizar» lo que llaman «machismo» y «misoginia». Como si la mujer fuese un niño, una criatura incapaz de ocuparse de sí misma y que está descalificada para asumir con plena responsabilidad su propio destino. Por sí misma.

El negocio es infantilizar a la mujer y el feminismo lo sabe. Por eso se ha convertido en una fábrica de mártires, santas e ídolos, creados a la medida de sus prerrogativas. Concibe la santidad (o la divinidad, para tal caso) como un asunto estricta y únicamente mujeril (y no decimos «femenino», porque hasta con eso se pelean) y encima creen representar a «la mujer». Escriben, incluso, libros con ese título. Ellas: mujeres infieles, narcisistas, histéricas, obesas y verdeaborteras, con problemas mentales en la mayoría de casos, y sin hijos (o con pobres hijos, quienes viven lánguidamente, en estado de perpetua devoración). Como aquella hija separada de su padre por una madre devoradora que luego, más grande, cornea al marido por un miserable plato de lentejas y luego alardea de ello, como si la deslealtad, la traición y la conchudez fueran valores dignos de ser auspiciados, difundidos, compartidos. Cualquier parecido con la realidad es solo coincidencia, y nada más. «¡Pobrecita ella, llevada al pecado!».

Son todo, en realidad: uno y lo mismo, como una pasta pegajosa de elementos que se hace indistinguible e indivisible, componiendo una mirada según la cual todas las mujeres, son, a la vez, y a doble cachete, mártires por condición natural (por el mero hecho de ser mujer), oprimidas por el hombre, quien sería un misógino; y santas por acción de su virtud innata (mujer-tierra-sagrada), que por todos los mortales humanos ha de ser reconocida como una manifestación humana de lo divino; que devienen, finalmente, en ídolos (de sí mismas). Dicho de otro modo: dentro de toda mujer late, a la vez, una víctima (mártir), un alma empoderada (santa) y un sujeto de devoción (ídolo). Digámoslo así, mejor, para no entrar a cuestionar sus múltiples personalidades, claro está.

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