Mártires, santas e ídolos
El discurso feminista divide a la sociedad en dos clases (por un lado, «hombres», y por otro, «mujeres») e identifica a cada una, respectivamente, con la dicotomía socialista de «opresores» y «oprimidos», como para no salirse del libreto ni desviarse un milímetro de la línea pactada. De acuerdo con esta visión del mundo —aciaga en todo punto—, el hombre sería el opresor, habría creado la cultura y erigido la sociedad, desde sus cimientos políticos —lo que facinerosamente llaman «patriarcado»—, con el fin último de oprimir a la mujer, la eterna víctima de esta funámbula historia. A través de la fuerza física, la mujer habría sido entonces puesta en cautiverio y destinada, exclusiva y excluyentemente, a la familia, a la casa, a la cocina y a la crianza —y hay quien dice que al arte y a la poesía—. En suma: fue puesta a cargo de la germinación y de la geminación humanas, ¡oh, poca cosa!, así relevada del trabajo, de las penurias físicas, de la carga del caos. Al ponerla en el centro de la...