Feminismo de hecho / Feminazismo de facto


Corría el 2021, cuando el Ministro de Relaciones Exteriores, del flamante gobierno del sapientísimo Pedro Castillo, recibió la invitación de la Feria del Libro de Guadalajara para armar una nómina de escritores que el Perú mandaría como parte de su manada, perdón, comparsa de payasos, digo, de su delegación nacional de escritores, entre hombres y mujeres, que representarían al país en aquel magno evento en tierras de mexicas. Cualquiera diría que no hay arreglos bajo la mesa, o que, en honor a la objetividad y al mérito, las argollas literarias, culturales y políticas son contenidas en estos casos y que no se manda, al final, al aserrín de la literatura nacional, sino a los mejores entre todos. Pero la realidad no está modelada por el idealismo alemán.

De la nómina inicial, el ministro decidió remover a varias escritoras recurrentes, reincidentes y repitentes, quienes habían formado parte de este «selecto» grupo que, en años anteriores, viajó con dinero de todos los peruanos —y sin agradecerlo—, adonde fuera el Perú invitado, en el vasto mundo, que, como ya bien sabemos, es siempre ancho y ajeno…

La respuesta del feminismo —en todas sus formas, toxinas y cremas—, desde luego, no se hizo de esperar: en defensa de estas «pobres» criaturas, perdón, escritoras, el resto, menos iluminados, claro, debíamos denunciar públicamente la «injusticia» perpetrada por el gobierno —el mismo que, sin empacho alguno, ellas mismas auspiciaron desde sus torres durante las elecciones, y que ahora, conchudamente, no seguía los comandos que le espetaban y, por tanto, no hacía lo que ellas creían (y a los cuatro vientos proclamaban) merecer—, aduciendo, como siempre lo hacen, que sobre ellas se cernía «opresión».

(Una opresión que, valga la pena recalcar, en años anteriores, las había puesto ya en las vitrinas de las delegaciones peruanas a las ferias de libro. Una opresión, digamos, que era también un poder y que operaba, nada menos, que desde las dependencias del Estado. Una opresión «mágica» —diríamos, con el perdón de los magos—, que es también un poder, no es, obviamente, opresión de ningún tipo. Pero no nos perdamos en minucias…)

Asimismo, el feminismo propuso entonces la creación y difusión pública de una lista con los nombres de aquellos escritores que se negaran a firmar sus peticiones y manifiestos, no acompañaran sus indignados gritos o simplemente decidieran guardaran silencio, con el objetivo, siempre noble, de cancelarlos, condenarlos al ostracismo, expulsarlos de la vida social y literaria. Una lista. Deténgase en el detalle, querido lector: una lista. Igual a la nómina que los nazis crearon para identificar a los judíos que luego mandarían a los campos de concentración.

Y luego no entienden cómo, ni por qué, se han ganado el apelativo que tanto desprecian, en todos los escenarios y tarimas del mundo civilizado, por ser tan preciso como las flechas de Odiseo: el siniestro, macabro mote de «feminazis». Que se han ganado a pulso, y con hambre de Amazonas. No es una coincidencia, desde luego, aunque no puedan verlo, e incluso se ofendan por esto. En cambio, para ellas, se trata, no menos que de una noble misión, que justifica los medios. Pues para ellas todo es idealismo alemán.

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