La poetisa

 

De acuerdo con el DRAE, el término «poetisa», femenino del masculino «poeta», se refiere a la mujer que «compone obras poéticas» o que está «dotada de gracia o sensibilidad poética». Se trata, pues, de un término específico, por género, pero no genérico, que solo podría ser usado —es decir, asumido, asimilado, integrado— por una mujer, jamás por un hombre. Cualquiera diría que, a estas alturas del partido, el feminismo —siempre tan atento al lenguaje— habría hecho de este término su especial caballo de carrera (o de batalla) para afirmar la autonomía especial de la mujer, frente a la del hombre, en el campo de la poesía, en el que operan codo a codo, al mismo nivel. Cualquiera diría, además, que las feministas encontrarían, en el término «poetisa», un significado que distingue, a nivel de lenguaje, la condición específica femenina, de tal modo que sería imposible confundirlo con otros similares.

Sobre todo, considerando el fanatismo indivisible con que, en los últimos años, las feministas han buscado que el resto usemos lo que llaman «lenguaje inclusivo» —que no es sino una deformación de los usos del lenguaje que, de acuerdo con su consigna ideológica, contrarresta el control masculino (o «hetero-normativo-patriarcal») del mismo, aunque no lo usen ellas mismas, en lo que, además, y sin sangre en la cara, llaman «poemas» y «poesía»—, cualquiera diría que el término «poetisa» les ofrece, precisamente, una forma de resaltar, por encima de todas las cosas, a la figura de la mujer en el campo de la poesía desde un lugar (un término) que ningún hombre podría usurpar jamás: la poetisa es, pues, inconfundiblemente, una mujer inspirada para la poesía. La par del poeta. Y a nadie con al menos medio dedo de frente, se le podría ocurrir lo contrario.

A pesar de su enconada «lucha», con ribetes de berrinche y pataleta, contra el lenguaje «hetero-normativo-patriarcal», y encima teniendo el término «poetisa» a la mano, ante sus ojos para el noble negocio del activismo feminista, las poetisas del Perú han optado, en masa, como zombis, con miedo en no pocos casos, por abandonar el término propio de la mujer y, en cambio, han preferido definirse (o esconderse, que es lo mismo) dentro del espectro masculino, bajo su paraguas —sí: dentro del mismo sistema que, en primer lugar, distinguió a «poetisa» de «poeta» y al que acusan de «hetero-normativo-patriarcal»—. Igual que la pelota de fútbol que queda picando en la línea del gol, sin arquero ni defensas cerca y es pateada a las tribunas, sin tocar, ni de chiste, la red. Aducen que esta forma de opresión emplea el término femenino de modo despectivo. Y su brillante solución es llamarse, a sí mismas, «poetas», en masculino. No es una broma. Quizás sea un extraño caso de «nuevas masculinidades», quién sabe: la estupidez no conoce de límites y trae muchas alteridades.

Y cualquiera diría, querido lector, como seguro ya te has dado cuenta, que serían ellas mismas quienes enseñarían al resto de mamíferos humanos el uso «correcto» del lenguaje, al asumir y asimilar positiva, afirmativamente el término que les es propio, impidiendo así el empleo despectivo que tanto denuncian. Investir lo de «poetisa», digamos, con el orgullo y la dignidad que le corresponden, un gesto que todos aplaudiríamos. Pero las feministas no saben nada del orgullo, ni de la dignidad, y encima ocurre que las poetisas peruanas no quieren distinguirse tampoco. Quieren, en el fondo, ser más de Lomismo (Vallejo dixit): quieren ser parte del ganado. Felices con ser del rebaño. Claro está que no son hombres, ni «poetas», y que bien harían en seguir el consejo de la vieja Portal, ávida por inyectar al término «poetisa» de verdadera vida y honra. Como se lo hizo saber a las feministas que la entrevistaron, hacia fines de los años setenta o comienzos de los ochenta, creyendo éstas que sacarían de aquella algo menos que amor propio. Muy equivocadas estaban... ¿Pero qué sabían ellas del amor propio? Y como la vieja y sabia Magda bien lo sabía, todo deriva del uso. Y todo es amor. Y todo es nombre.

Que ninguna de nuestras brillantes poetisas haya tenido siquiera leve asomo de claridad para denunciar al feminismo como la basura ideológica que es, no sólo resulta patético, sino que demuestra una odiosa realidad: lo coaccionadas que las poetisas se encuentran, en el campo literario perucho, por otras mujeres —y por ese tipo de mamífero que se autopercibe como «aliade» y es en realidad un molusco—, al punto de renunciar a su propio nombre. ¿Será que corren con lobos?

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