La religión feminista
La religión
feminista
Cuando se propone uno entender aquello que se concibe como «sólo una ideología» bajo la luz de las estructuras, características y condiciones elementales de la religión organizada, con el fin de entender el fenómeno en cuestión —y más aún: los extremos del pensamiento que laten, sumamente activos, en el comportamiento extremo—, se suele encontrar uno con férrea resistencia, rechazo apriorístico, burla e incluso agresión. Ya sabemos cómo va esa historia: lo que sea con tal de no abrir ese pequeño cofre, de no llevar el bisturí del pensamiento crítico al pellejo de las creencias.
—El feminismo es una religión —digo,
un poco por joder, otro poco para introducir, en el pensamiento, a más de dos
manos, de una conversación, nueva luz para mirar aquello que no entendemos y
tratar de explicar el fanatismo que rodea y cruza al fenómeno feminista, patente
en el comportamiento desquiciado de sus adeptos.
—Imposible —responde, por lo general,
la gente—, el feminismo es un movimiento político solamente, que nada tiene que
ver con lo divino, ni con lo espiritual, y que lucha por los derechos de las
mujeres, blablablá —repiten, aplaudiendo como focas, todo según libreto, las
mantras en boca de todo el mundo.
—Estoy de acuerdo con que nada tiene
de espiritual ni de divino, pues no tiene alma, ni corazón, ni mente, del mismo
modo que la religión organizada tampoco tiene que ver con lo espiritual per se, aspecto de la experiencia del individuo
en el mundo natural, que la religión ha monopolizado y, en último término,
abolido —respondo, haciendo una distinción entre la espiritualidad (experimentar/experienciar
el vínculo con lo divino directamente y sin credo) y la institucionalidad (de
la religión organizada), y luego añado:
—Lo mismo ocurre con el feminismo que
es una religión organizada, al fin y al cabo, que cuenta con una singularmente poderosa
institucionalidad, tanto en el nivel estatal, como en el académico y en el mediático.
Las ménades y los moluscos feministas,
desde luego, reaccionan mal, muy mal, como siempre lo hacen cuando no les sigue
uno la cuerda o cuando les muestra uno evidencias que desmienten sus fantasías
y delirios ideológicos.
—Es una ideología política. Y nada
más. Acá todos somos ateos y luchamos por los derechos de las mujeres —responden,
indignados, y sin sangre en la cara, como si las mujeres no tuvieran derechos. Como
si no tuvieran, incluso, más que los hombres.
—Es una religión salvífica —insisto,
con seria sonrisa—, que ofrece a sus adeptos, principalmente gordas pelopintado
de pañuelo verdeabortero y hombres sin espina dorsal, el mismísimo cielo en la
tierra… Aunque no sepan, desde luego, qué es el cielo.
Revientan, en este punto, sin haber
pasado de la proposición, y espesa, violeta espuma aparece entonces en sus
bocas. Luego añado:
—Todo tiene de religioso el feminismo.
Estas son las evidencias: ahí están los textos sagrados de las académicas en los
llamados «estudios de género» y, por ejemplo, ahí están las mártires, los
ídolos, todos de barro, y las santas, todas canonizadas por las ONG, la
academia, el Estado. Ahí están los ritos de paso y los ritos de purgación,
todos muy públicos, por cierto, y por ello, todos son solo performance, desde danzas, cantos de protesta improvisados para
coro, poesía tipo slam, obritas
teatrales de todo tipo, incluyendo, por supuesto, los disfraces, las máscaras,
los adornos «casuales» y los antifaces. Ahí está el proselitismo misionero, en las calles, en las aulas
escolares y universitarias, y en los medios virtuales, en las redes sociales,
en los rollazos de los «artistas» e
intelectuales, y hasta en los juzgados, todos involucrados en el rechazo público
de la realidad…
—Y están ahí los mitos —insisto—, el mito
de origen, en la creación del movimiento sufragista, y aquellos mitos que «revelan»
la condición divina de la mujer en las mitologías de todo el orbe, sin
distinción alguna y sin considerar qué se esconde realmente detrás de los
símbolos mitológicos, que ellas mismas resaltan con orgullo (que es, por cierto, un pecado capital), ni entender, por
lo mismo, su verdadera dimensión. Ahí está el pecado original: tener pene y
poder penetrar, lo que ha de ser purgado en los altares que la institucionalidad
ha dispuesto, para el sacrificio, en sus templos preferidos: la escuela, la
universidad, la cátedra, los ministerios, las dependencias estatales, las
redacciones de diarios y periódicos, los canales de Youtube…
—Ahí están —continúo— bien puestas y
en marcha, la jerarquía y la distribución del poder, entre los pastores (las activistas
influencers y las académicas
progresistas) y sus rebaños respectivos (personas que se definen por ser «seguidores»,
es decir, por ser adeptos), dos clases, en suma, en relación vertical, de opresión,
que favorece a una élite, cuya «virtud» el ganado ideológico sostiene en el
poder. Ahí está su iluminación, o sea su toma de consciencia de clase, entre
los hombres opresores y las mujeres oprimidas. Ahí están su actual apocalipsis «histórico»,
sus «ángeles» guerreros, su justicia cómica, digo, cósmica. Ahí, la explicación
de la realidad y el camino hacia el futuro. Ahí, el impulso sectario, a la vez de
segregación y de conocimiento secreto, revelándose así el aspecto gnóstico (órfico,
diríase) de esta religión.
—Así es este negocio del feminismo
—concluyo, pero ya se han ido todos, los ateos y descreídos, a sus templos lupanares.
Y queda aún, hermanos, mucho por
hacer.
No se puede negar que distintas facciones del feminismo practican rituales, pretenden que sus proclamas se conviertan en credo, buscan instalar en la sociedad un manifiesto moral (identificando con el dedo acusador al que obra bien o mal), incluso pretenden perfeccionar (fallidamente) una narrativa salvífica que les permita crear la ilusión de un mundo fraterno y solidario que se ha de consolidar una vez se logre la plena igualdad entre hombres y mujeres (imagen ideal de un paraíso). Y todo ello sustentado en mitos (de la humanidad, la felicidad, etc.), en una colección de conceptos con los que se procura validar la fe en el feminismo (el patriarcado, lo heteronormativo, etc.) y en el uso de fetiches (como podría ser una obra literaria, poética). Pero ¿llega a ser religión el feminismo que, para comenzar, no es unitario? Creería, en todo caso, que aún no, y dudo que llegue a serlo, aunque, quién sabe… Podría llegar a convertirse en una serie inconexa de sectas religiosas, cada vez más heterodoxas respecto a la idea germinal de un feminismo inicial, germinal… Puede ser.
ResponderEliminarDejando de lado toda especulación, uno de los problemas del feminismo (y que lo debilita) es asumir que existe un colectivo universalista y homogéneo que lo demanda, que lo necesita (o peor aún, que no sabe que lo necesita).
Pretende ser religión, ejecuta ciertas prácticas "religiosas", pero quizás no deja de ser solo una ideología más financiada por quienes apuestan por acceder a una mayor cuota de poder político (la historia de toda la vida).
Lo dejo ahí.