Conglomerado de huesos
El grupo poético como Caballo de Troya: el
mecanismo perfecto para escabullirse, no sólo en el canon y la historia literarios
—en la medida en que el grupo genera documentos o registros «de época»—, sino
en el campo mismo. Así, acceden a sinecuras y prebendas en instituciones
estatales, académicas y mediáticas —«oportunidades», las llaman— y, con la noble excusa de «participar del debate
cultural», amplifican, con fugaz pirotecnia de pitos y flautas, lo que no tiene
sustancia pero busca sustento. Lo que solo es cáscara. Lo que es pura finta,
gesto, mueca, fingimiento. De ahí la pose de «intelectuales públicos», de
escritores con «consciencia social», de mordaces comentadores que «están en
todas» pero olvidan la inmortalidad del mosquito y en cambio pueblan, hasta la
saturación, la esfera literaria de las redes sociales: buscando vitrina,
pequeños mercachifles de sí mismos. Además de sospechosa, a la adhesión al
grupo subyace su propio cuestionamiento: toda creación artística es exclusiva y
excluyentemente individual, lo que convierte a la operación grupal en una
empresa de entrampamiento. ¿Qué grandes obras literarias han sido escritas por
más de dos manos?
En el caso del campo literario
peruano, la tendencia ultrafeminista de las escritoras, en particular de las
poetisas, ha saturado el ámbito público durante los últimos diez o quince años.
Todas callan o todas hablan o todas gritan o chillan. Pero siempre en grupo,
sabiéndose chalequeadas por el resto,
que como rémoras bulliciosas son finalmente gasolina, sed, fósforos, hambre y desmembramiento
de cualquiera, dependiendo de si tiene vagina o verga. Y siempre a costa de la
calidad literaria en la escritura. En tantos años, ¿ha dado el feminismo de
estas peruchas poetisas, un buen poema, acaso, una buena novela, un cuento, algún
libro decente siquiera, a la altura de nuestras grandes escritoras, que lejos
de «ser feministas», eran primero, segundo y tercero, creadoras? ¿O todo ha sido como siempre fue y solo podría ser: endogamia para el posicionamiento?
Que las escritoras se identifiquen, todas, sin excepción alguna, con la
misma causa y se busquen unas a otras obsesivamente —asistidas por unos cuantos
moluscos— para crear un paraguas que las proteja a todas, y que las ha llevado
a dirigir instituciones de todo tipo, como si fueran chacritas colectivas desde
las cuales separan a hombres de mujeres, porque es buen negocio mantenerlos separados, es materia de risa.
No hay ni siquiera una visión feminista de la totalidad de la literatura, sino
solo de una parcela: la literatura de mujeres. De esta fractura divisoria surgen
la obsesión y el mercantilismo feminista.
Así, un mapa solo de escritoras.
Así, antologías de poesía solo de poetisas.
Así, premio de poesía solo de mujeres.
Así, historias de la literatura solo de mujeres en el Perú.
Así, congresos de literatura,
conferencias y paneles enteros solo de
mujeres en las ferias locales, nacionales e internacionales de libro.
Así, las cuotas, que son el mejor de
los negocios.
Así, los recitales solo de poetisas.
Etcétera.
Esto es expresión del
paternalismo feminista, que infantiliza a las mujeres y las pone en jaulas que son pequeños jardines, pa’ que no se hagan
yaya y aun así compitan «de igual a igual» con los hombres, que no tienen
mapa, ni premio, ni congreso exclusivos, ni antologías solo de hombres, ni nada por el estilo. Imaginen
por un segundo, queridos lectores, la maculada chilla feminista, si todo fuera
al revés. Claro que no se necesitan: son ridículos.
Ninguna lectura integral y crítica de
la literatura empieza por esta separación feminista, incapaz de proponer una lectura integral de la literatura. Por ningún lado encontrará
un lector alguna antología general de poesía peruana editada por una crítica literaria feminista, que
incluya hombres. Aunque el criterio empleado sea, pues, una fantasía, un libro de esta naturaleza buscaría, no obstante, cierta
objetividad. Pero ni eso son capaces de articular sin error, estas hijas gordas del
dolor, digo, del gordo dolor. Si es tan buena y de tan elevada calidad artística esta literatura, que etiquetan de «feminista», ¿qué necesidad tienen de la etiqueta, en primer
lugar? ¿Por qué tendría que ser «de mujeres» (o «de hombres», para tal caso)? Y
persiste la pregunta: en tantos años, ¿de qué ha servido el feminismo en la
literatura peruana, si no ha dado ningún buen poema, sino que solo ha mejor posicionado, en la jerarquía del campo (del poder), a sus representantes más notorios y
ha generado, sobre todo, panfletos, manifiestos, funaciones?
Que ninguna escritora haya dicho
todavía, en el espacio público, «qué buena mierda es el feminismo», es la
prueba máxima de su toxicidad, que tiene a todos calladitos, hombres y mujeres,
bajo amenaza de cancelación y difamación —ya saben: sparagmós y omophagia—,
lo propio del «pensamiento» colectivo-enardecido: en masa, acrítico, en serie,
según libreto, sentimental, lleno de gestos virtuosos. Esto es el feminismo hoy: un cadáver que hasta la fecha —y el tiempo corre—, solo ha producido bosta literaria (con
el perdón de los detritos) y ha hecho de las escritoras, salvo importantes
excepciones, un grupo patético y pierrotesco de hienas alucinadas, de momias «creativas», que detrás de sus máscaras demacradas y disfraces fabulosos, cual de mamarracho, son solo un viejo conglomerado
de huesos.
Viene a cuento la idea de que se busca el poder, no como un fin, sino como un medio para “algo más”. Y la masa lo sabe. Pero ¿realmente lo sabe? El comportamiento en masa, como un conglomerado, puede ciertamente ocultar o atenuar las (innegables) limitaciones de unos, pero también alardear y exagerar las (supuestas) virtudes de otros: Ambos, “los unos y los otros” (aplíquese el femenino, de ser el caso), se valen del comportamiento en “modo rebaño” para, supuestamente, “visibilizar”, aquello que es de interés común a la masa, lo cual tiende a manifestarse o materializarse a través del culto a lo mediocre, justamente para que la soberana MASA no vaya a perder su pegamento aglutinador. Y si se da este caso en el campo literario, sea de naturaleza feminista o no, con mayor razón ha de hallarse una efervescente mediocridad. ¿Por qué? Pues preguntémosle al bienamado y (al mismo tiempo) vilipendiado dios Ego. Tal vez tenga la respuesta. O tal vez no.
ResponderEliminar