Mitológicas. II. Amazonas
Decíamos
que las feministas —o mejor aún: las «ideas» feministas— están bien
representadas en la mitología griega. Esto no es, desde luego, un chiste, una
afirmación a la ligera, tampoco un deseo. Es una realidad. No sólo laten, vivísimas
y triunfantes, en la figura maquillada de las Ménades o Bacantes, abocadas a la
castración masculina, sino que podemos encontrarlas también en la figura despintada
de las Amazonas, con quienes se identifican y quienes mejor encarnan sus deseos,
por verse —a la distancia que invoca la ignorancia— como guerreras independientes,
autosuficientes y empoderadas. Para las feministas, las Amazonas son, en sí
mismas, un símbolo de «feminidad guerrera» y la proyección de lo que creen (o
quieren creer) de sí mismas. No solo operan como una tribu —igual a una caterva
de feministas—, sino que encima aparece en ellas la negación de lo femenino, lo
cual está en sintonía con la exploración de su propia masculinidad.
A diferencia de las Ménades o de las
Bacantes —que desde una exaltada y enloquecida feminidad despedazan lo
masculino—, en cambio las Amazonas asumen
(asimilan) su propia masculinidad, mientras que niegan y rechazan su feminidad,
mutilación incluida. Algo muy similar a lo que el progresismo llama, hoy en día,
«hombre trans». Pero la realidad es
siempre otra. La verdad está siempre en otro lugar. Lo que existe, en el fondo,
es una inversión de la realidad. Por esta razón, imitando a las Amazonas, las
feministas «van a la guerra» (contra el patriarcado) y se niegan a ser madres (especialmente
de hijos hombres, con los que se ensañan particularmente).
En su ensayo sobre los mitos
amazónicos, indica Blake Tyrrell, que «el mito de las amazonas explica por qué
es necesario que la hija se case, creando un programa de los peligros
inherentes al no casarse» y «es parte de un discurso más general sobre el
matrimonio como estructura de orden entre los varones y un útil para
conceptualizar los problemas sociales», y que este mito fue creado
«por un proceso que obtuvo de los datos de la fisiología humana su verosimilitud
y su fuerza», el cual «da por sentado que los cuerpos de las mujeres están más
dedicados a la reproducción de la especie que los de los hombres, y que las
mujeres se dedican a actividades relacionadas con la reproducción». En suma:
que los cuerpos de los hombres y los de las mujeres tienen un correlato directo
con los roles que ambos cumplen en el ámbito de la sociedad, sostenida sobre el
modelo familiar. Es fácil ver, entonces, por qué las feministas se miran
obsesivamente en el espejo de las Amazonas. De lo que creen que son las
Amazonas. Igual que éstas, las feministas rechazan el orden familiar y los
roles sociales vinculados con la reproducción, impuestos a las mujeres (no sólo
por la sociedad, sino también por la naturaleza). Igual que aquellas, las
feministas están muy dispuestas a mutilarse el cuerpo y también al uterocidio
del aborto.
Se trata, pues, de un comportamiento contra
el tráfico, es decir, a contranatura. Esto hace que el mito central de las
Amazonas sea un cuento aleccionador, un relato con moraleja, una historia de
advertencia. La Amazona encarna el grave peligro de no atender correctamente los
ritos sociales vinculados con el matrimonio y la germinación humana, mejor representada
en el cerrado orden familiar. Fuera de éste, fuera del cerco de la cultura, de
la civilización, la mujer se convierte en Amazona: en una guerrera
masculina, soltera e independiente que se «empodera» con la locura (el
entusiasmo) de pretender invertir, no solo el orden familiar y social, sino
también el de la naturaleza, lo que deviene, consecuentemente, en un estado de absoluto
salvajismo, tanto a nivel físico como psicológico (de comportamiento). Se
mutila el cuerpo, cortándose un seno para adaptar mejor su cuerpo al carcaj con
las flechas, porque «su cuerpo, su decisión», como dicen los payasos.
¡Imagine ahora, querido lector, los rostros
de Aquiles, Hércules y Teseo al mirar, en Pentesilea e Hipólita (quien, según
Pausanias, muere de pena, luego de un frustrado ataque a Atenas), a machonas gordas,
mutiladas, con trajes de hojas de color verde abortero y mucha herida, mucha
furia, mucho hambre, mucho grito, y solteronas, llegar al campo de batalla en
yeguas, solo para bailar una ruidosa perfo
con mucha indignación y de este modo «guerrear» contra el patriarcado…!
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