Mitológicas. I. Ménades y Bacantes
Sabido
es que, más allá de presentar historias «lógicas», toda mitología propone
relatos en los cuales los elementos narrativos, la configuración de los
personajes y las acciones de éstos, así como las circunstancias en las que
operan y que les sirven de marco, poseen una profundidad simbólica o alegórica
que por lo general escapa a su lectura literal y superficial. Detrás de sus
máscaras mágicas, casi todas las entidades divinas, semidivinas, humanas,
animales y vegetales son más que figuras unidimensionales. Todo lo contrario es
cierto: la conceptualización de cada personaje —cuya relevancia individual
depende de su recurrencia y cercanía a los núcleos esenciales en los ciclos o
arcos narrativos de los que forma parte— se organiza alrededor de uno o más
elementos, estableciéndose así una relación aparentemente mágica (pero en
último término lógica), entre unos y otros, de tal modo que el personaje encarna aquel elemento o puñado de
elementos sobre los que está construido. Mucho tienen que decir los mitos sobre
la naturaleza del comportamiento humano, en general, y en
particular, los del hombre y la mujer, si quisiéramos verlo así. Veámoslo así,
y descubramos juntos qué imagen aparece.
Podría decirse que las feministas
están, en realidad, bien representadas en la mitología griega. Trazas del
interior de esa estereotípica activista violenta, abortera, pelopintado, gorda,
bipolar-esquizoide, insaciable e iracunda que, sin saberlo, sigue un libreto y
lleva a cabo una performance, podemos
con mucha facilidad hallar en Circe, en Medea, en Clitemnestra, en Ismene, en las
Amazonas, en las Ménades, en las Bacantes. No la hallaremos, ni de a palos,
entre las Musas (contra lo que diga Graves, pues ninguna feminista es inspiradora, sino
destructora), tampoco en Afrodita (no son hermosas ni eróticas, sino feas y
pornográficas), ni en Perséfone (no traen granos y semillas, sino heridas) ni
entre las Dríadas (no cuidan las fuentes, sino que ensucian y degradan lo que
tocan), ni en Electra (no respetan, ni aman al padre), ni siquiera en las
Sirenas (quienes, a pesar de su pulsión fatal, tienen hermosas voces, a
diferencia de las feministas, cuyos alaridos resuenan como estertores), por
poner algunos ejemplos. Sin duda, uno de los más interesantes personajes es el colectivo,
cual coro sombrío, de las Ménades o Bacantes, que ayuda a mejor comprender, créase
o no, la «cultura de la cancelación», eso que hoy llaman «funación», que es violenta
censura.
En la tragedia Bacantes, Eurípides relata la historia del rey Penteo, quien
rechaza, con hýbris de héroe trágico,
el culto dionisiaco y juzga a un Extranjero, que resulta ser el propio
Dionisio, quien luego de enviar un terremoto a Tebas y azuzar a las Bacantes en
el monte Citerón, se libera y lo tienta. Penteo, seducido por Dionisio, se viste como mujer, en calidad de espía, y se dirige al monte, donde es
descuartizado por las Ménades al llegar, siendo que su propia madre, Ágave,
forma parte del coro de Bacantes y lleva su cabeza puesta en el tirso, aún
enloquecida por el éxtasis dionisiaco. Penteo encarnaría al pharmakón cuyo objetivo social es expiar el «pecado» familiar de rechazar el culto dionisiaco, punta de
lanza del castigo: «destrozar a los descendientes masculinos de la familia,
descuartizados por sus madres delirantes», de acuerdo con García Gual, «inmolado
en un sparagmós ritual, un
despedazamiento en vivo a manos de las ménades (al cual en el ritual debía
seguir la omophagia, la comida de la
carne cruda del animal sacrificado)». De modo que la destrucción de lo
masculino (encarnado en Penteo), en manos de lo femenino (las Bacantes), es
absoluta.
Caso similar es el de Orfeo, quien rechazó el magisterio de Dionisio, en favor del de Apolo, cuyos misterios enseñaba
en los templos de Tracia —impugnando, por ejemplo, el homicidio en los
sacrificios—, ante una gran audiencia masculina, por lo que un ofendido Dionisio,
dios del éxtasis ritual y de la locura, mandó a que lo atacasen las Ménades.
Cuenta Graves que las Ménades «esperaron a que los maridos entraran en el
templo de Apolo, donde Orfeo oficiaba como sacerdote, y luego se apoderaron de
las armas dejadas afuera, entraron, mataron a sus maridos y desmembraron a
Orfeo. Arrojaron su cabeza al río Hebro […]». Finalmente, las Musas recogieron
sus miembros esparcidos en el río y los enterraron al pie del monte Olimpo,
mientras que las Ménades «trataron de limpiarse de la sangre de Orfeo en el río
Helicón, pero el dios fluvial se metió bajo tierra y desapareció a lo largo de
casi cuatro millas, para volver a salir a la superficie con otro nombre […].
Así evitó ser cómplice del asesinato. Se dice que Orfeo había censurado la
promiscuidad de las Ménades».
En ambos casos encontramos lo mismo:
desmembramiento (sparagmós) y canibalismo
(omophagia), en estado de absoluta
locura, salvaje y feroz, hasta que solo hay restos, despojos, escombros del
hombre. Sabemos, además, que la pulsión destructiva del carácter femenino se
manifiesta en el character assassination
(«asesinato del personaje») y que dicha pulsión es, pues, militante del
desprestigio, de la difamación y la destrucción moral de un hombre, atacando
su figura pública (su «personaje»). Sabemos también que la cancelación persigue,
no solo una censura pública del individuo, sino la destrucción de sus medios de
vida (despido laboral) y de sus relaciones sociales (bajo amenaza implícita a quienes
lo rodean), enajenándolo (es decir, alienándolo) del resto de su comunidad. Se
trata, pues, de desmembramiento y canibalismo simbólicos que son, contradictoriamente,
nada simbólicos, pues inciden concretamente en la realidad: la castración es
definitiva y no admite réplica.
Ello suele explicarse (y justificarse)
llamando la atención sobre la contextura física de la mujer, con respecto de la
del hombre, y al hecho de que sociedad que «no responde a sus necesidades»,
dando a entender que a aquella «no le queda de otra». Pero las Ménades y las
Bacantes cuentan otra historia: una que nos habla del estado salvaje femenino
como agente de la destrucción física del hombre. Y esto lo saben bastante bien
las poetisas y las narradoras peruanas, de las cuales ninguna ha dicho
públicamente que, a fin de cuentas, el
feminismo es una buena mierda, lo que prueba que —siendo extraño, irreal y hasta
esquizofrénico el hecho de que la totalidad de escritoras peruanas «piensa» del
mismo modo, sin matices, como si solo pudieran ser parte de un rebaño, pero de
zombis— el feminismo ha logrado coaccionar a las escritoras y las ha convertido
en testigos y cómplices de sus estupideces. Difícil tomar en serio a una
escritora que opera en la sombra de una colectividad, más aún a una que no está
dispuesta a pensar libremente, es
decir, libre de ataduras ideológicas.
¿Es que piensan igual todas las mujeres (que escriben literatura) en el Perú? Dicho de otro modo: ¿Son solo un personaje colectivo en el campo literario peruano, apenas una horda de Ménades o de Bacantes, que emplea el sparagmós y la omophagia como una estrategia de posicionamiento, dentro de un campo en el que no pueden destacar con su propia escritura y necesitan, por lo tanto, destruir a los hombres para abrirse paso? Si con facilidad escabrosa «funaron» al rey Penteo y al poeta Orfeo, por oponerse a sus designios desquiciados, ¿a quién no estarán dispuestas a despedazar, con tal de llamar la atención del resto, para «defender» sus propios intereses personales?
¿Qué tal ponerse a escribir? Quizás no haya que pedir peras al olmo…
Una feminista perspicaz y combativa alegaría que las Ménades (previamente Ninfas, esto es, deidades regentes de distintos ámbitos de la naturaleza) y las Bacantes (que habían sido mujeres con un registro de pureza, vírgenes) se encontraron sometidas al primitivo patriarcado impuesto por Dioniso, pervertido hijo del todopoderoso (y de paso agresor sexual) Zeus...
ResponderEliminarAmbas estaban enajenadas bajo el dominio de un borrachín abusivo que las obligaba a satisfacer sus más recónditos deseos orgiásticos y demás perlas.
Cómo se rebatiría esa postura?
Querido Estacio: los sátiros del Premio Nacional de Poesía de Hombres Escrotura creemos que hay una evidente diferencia entre la realidad y el mito. Que los mitos tengan moraleja no significa que los individuos deban vivir dentro de su determinismo. No te olvides que el Tíaso de Dionisio estaba conformado, no sólo por Ménades y Bacantes, quienes encarnan la feminidad salvaje, sino también a los Sátiros, su contraparte masculina. No subestimemos, tampoco, la capacidad femenina para girar en torno de un hombre, como con frecuencia ocurre entre los cultos y sectas donde la poligamia es cultivada, y en cuyo seno las mujeres se organizan en torno a un hombre. Ni las Ménades ni las Bacantes son, finalmente, mujeres «normales», como tampoco lo son las feministas. Creemos en la responsabilidad y libertad personales, es decir, en la capacidad de un individuo, sea hombre o mujer, para advertir cuáles son sus yugos particulares y hacer lo necesario para vivir en paz y sin sujeción.
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