Importancia del feminismo en la literatura
Es
nula. ¿Pero por qué? En primer lugar, se trata de una ideología política y no
de una escuela artística o literaria. Esto implica que la mirada que se echa
sobre los fenómenos que aborda consiste en una narrativa prefijada: un libreto
elaborado de antemano sobre la «lógica» del hombre opresor y de la mujer oprimida —entre
otras perlas y delirios—, de tal modo que, tomando del feminismo la mirada, pero también las conclusiones, la
literatura producida dentro de estos lineamientos, está privada de su
condición crítica y solo podría ser panfleto, propaganda. Antes que ser
creativa, es prácticamente producción a gran escala, re-producida (propiamente hablando) en los campos de concentración,
digo, en las fábricas ideológicas —de instituciones académicas, estatales y
mediáticas—, en las que se convierte en simulacro (de otra cosa) y en simulación
(de una realidad que no existe). Mejor dicho: en mercancía según molde en el
que no cabe la realidad. La literatura, en cambio, le sigue el paso a lo real y resulta incapaz de ajustarse a ningún molde: los rompe todos. Quizás por eso los
términos «feminismo» y «literatura» son antitéticos y tienen una relación de
antonimia.
En segundo lugar, el lenguaje que llaman «inclusivo» (sin considerar que toda forma de lenguaje literario es artificial ya de por sí y que por eso es, en esencia, un lenguaje «exclusivo») parece ser la única propuesta feminista a nivel literario, aunque surge en el ámbito político, desde donde se «filtra» al campo, y se usa mayormente como una herramienta de control ideológico. De saque, es obvio que, por más feminista que sea una narradora, le será casi imposible vender una mercancía literaria, como lo es una novela, escrita en un lenguaje corrupto e intraducible, que no surge de la necesidad de comunicar —siendo que toda palabra surge de la necesidad y se convierte una herramienta al servicio de la expresión—, sino en cambio de imponer una «forma (políticamente) correcta» de escribir y de hablar, regulando la interacción humana (y con ello limitando el pensamiento). Y ellas, claro, no quieren vender, pero tienen que hacerlo, pobrecitas. Además, la cantidad de poemarios escritos en lenguaje «inclusivo» es ínfima. Constituyen más un gesto político que otra cosa: un cash grab de capital simbólico —un baño de virtud, diríase— en un medio que es adicto a disfuerzos de esta índole. Mas puede uno contarlos con la mano, y podría decirse, incluso, que el 99.99% de feministas escribe en lenguaje castizo (es decir, heteropatriarcalynormativo) y que, por lo tanto, el lenguaje «inclusivo», a nivel literario, ha sido apenas un ridículo debate, lleno de pirotecnia. Pero ninguna obra importante, desde el punto de vista artístico, ha sido parido por feministas —aunque no entiendan de estas cosas—, sino que éstas solo han dado —por obvias, aborteras razones— ripio, apenas ripio. Con pena, ripio. Para la pena, ripio.
En tercer lugar, sin otra propuesta
formal, y sin éxitos literarios, la acción feminista se concentra en (y se reduce a)
su performance en el campo: exigir «igual»
representación en la distribución de los privilegios (acceso a eventos e
instituciones), a la vez que reclaman cuotas y preferencias de todo tipo. Un
ejemplo: se quejan del canon, aduciendo que es manifestación de la opresión a
la mujer, pero se niegan a reajustar el canon, y a realizar uno integral
—diríase, holístico— donde se
encuentren los mejores escritores, hombres y mujeres. Pero ellas no creen en el
canon. Su canon es un club donde todas tienen un lugar, sin distinciones y donde todas se reúnen para ser atendidas por un puñado de mosaicos que son moluscos aliades
que sirven las mesas y aguantan palo. Lo que, por cierto, adoran.
Las feministas siguen, a pie
juntillas, zombimente, el mismo libreto del activismo político para ubicarse en el campo.
Porque no importa la literatura, en el fondo. No se trata ya de escribir
literatura, ni tampoco de pensar literariamente
el mundo —el Perú, incluido—, el amor, la muerte, la existencia, el tiempo. Se
trata, más bien de haber publicado un libro para meterse en el medio: decir que
eres poeta, poetisa. Con un libro basta, que sirve de adorno en todas las
fiestas galantes del campo literario. Sin embargo, esto mismo puede decirse de
la mayoría de poetas y escritores, feministas o no. Puesto que un libro en sí
mismo no te certifica como feminista —y todas quieren entrar al club, o quieren
poder hacerlo—, el rito de paso es otro: la chilla en redes, la denuncia
anónima, el chalequeo tribal. El método hermésico, sin fallar un punto. Luego:
prebendas y sinecuras. El camino que sigue la poetisa feminista para adquirir «una
voz personal» no ocurre en la escritura individual, sino en el campo social: la
voz dizque personal se «empodera» con la denuncia, con la funación, y una vez que
cobra vida (y forma), se posiciona en el campo. Un simulacro de voz, en suma. Porque todo es gesto y performance y porque todo es pan con
fantasía, en el rico Reino del Perú.
Si de literatura se trata, el feminismo es un fenómeno de interés sociológico, antes que literario, valgan verdades. Cierto es que ha producido un corpus de textos —susceptible de convertirse en fabuloso objeto de estudio para un afortunado arqueólogo social de la literatura, en el futuro— de textos, entre los dizque «poemarios» y las dizque «novelas», los manifiestos, las denuncias, las memorias, los testimonios, aunque ninguna obra de arte mínimamente valiosa (un libro literario: novela, poemario, cuentario), en cambio sí muchos documentos «de época». Igual que las momias de Leymebamba, que dan la sensación de haber nacido ya momificadas. De ahí que no tengan importancia alguna para la literatura peruana. Y por eso, querido lector, es nula (su relevancia).
Si, tal como se menciona, ha devenido en ideología política, podríamos decir, en defensa del feminismo en la literatura, que tiene en su "genoma" un componente indispensable para toda obra literaria: el estatuto de ficción. Cuestión no menor, por cierto.
ResponderEliminarLo de inclusivo es más una cuestión contingente: cuestión de forma, signado por la moda, que bien podríamos considerar, en el mejor de los casos, como un "rezago vanguardista" de disrupción lingüística.
En cuanto a la necesidad de su "performance en el campo", entendida como vehículo para visibilizar a sus integrantes, no sería del todo reprochable, pues esa, al fin de cuentas, es una práctica gremial aplicable a todo grupo, círculo o masa que se organiza (o desorganiza) alrededor del eterno fuego de la "creación literaria" .