La fábrica de ídolos (con pies de barro) feministas


Para asentar y encajar el credo entre sus ávidos adeptos, toda religión exige figuras humanas cuyo sacrificio histórico inspire a los seguidores (secuaces, en realidad) a persistir en el mismo camino de resistencia, al final del cual hallarán la redención y la salvación. Así erigidas como puntos de referencia ineludible, estas figuras son trocadas en objetos de devoción, alrededor de las cuales lo histórico y lo factual son desestimados en favor de lo mítico y lo simbólico. A medio camino entre lo santo y lo heroico, estas figuras constituyen piezas clave en los procesos de proselitismo y cumplen un rol fundamental en la trama del discurso. Enganchados de uno u otro modo, los adeptos presentan un comportamiento mimético, al «verse reflejados» en tal o cual figura, que juzga santa y convierte en ídolo.

Pero ¿qué pasa cuando la figura no encaja en estos envases? Es decir, ¿qué pasa cuando esta figura no cumple con los requisitos mínimos para ser elevada a estas categorías? La respuesta es sumamente simple: se le inventan, pues, una historia, un arco narrativo, una profundidad y un sentido a su «historia», rodeados por una moralidad que justifica dicha transformación (de mamífero humano a santo-ídolo), y se le otorga una importancia que, a todas luces, no tiene, ahí donde lo contrario se hace urgente. En suma: el ídolo se fabrica. Se trata, pues, solo de una fantasía, de una arbitraria composición, hecha con el objetivo nada inocente de ganar adeptos.

Dentro del campo de la literatura peruana, la religión feminista, obligada a establecer sus propios pilares retóricos, encontró en María Emilia Cornejo el ídolo que necesitaba: una poetisa suicida de veintitrés años, cuyos poemas abordan, además del tema político, el asunto erótico-amoroso, tanto a nivel de intimidad conyugal como a nivel de rol social. Confundida con sus poemas (con la premisa de que los poemas «cuentan la historia personal»), la figura de Cornejo ha sido elevada a categoría de «ídolo» por el feminismo local, al punto de ser considerada como una escritora «fundamental» para el canon literario peruano y para lo que llaman «literatura escrita por mujeres», tan en boga hoy en día. Según la fantasía feminista, como toda mártir, Cornejo habría sido una víctima del «patriarcado» y de una sociedad conservadora que castigaba su rampante, desbocada sexualidad, al punto del suicidio. Pero, si entretenemos esta fantasía atendiendo los poemas, veremos cuánto hay de mentira.

Incluso reconociéndola como pionera, al introducir un erotismo cuasi pornográfico entre las poetisas, la imagen propia es, moralmente, decadente: aquella que proclama ser «la muchacha mala de la historia», por adúltera y desleal, es capaz de cambiar a su marido «por un plato de lentejas» (un trueque a pesar del cual «nada pudo lograr», según propia confesión), luego de castrarlo «con infinitos gestos de ternura» y «gemidos falsos en la cama». Puede verse, sin embargo, con mucha facilidad por qué es favorita del feminismo. Esto se debe a la castración a la que somete al hombre, tanto a nivel de intimidad y afectos (como pareja), como a nivel político (en calidad de «marido», categoría social). Es fácil, entonces, emplear políticamente la figura de Cornejo para llevar agua hacia el molino feminista, pues el discurso en los poemas se encuentra en sintonía con el comportamiento menádico (ojito, ojito) de las feminazis. La Cornejo como un modelo para la mujer peruana moderna: liberada (de un hombre, al punto de castrarlo) y empoderada (para escribir sobre su sexualidad).

Pero, ¿son el adulterio, la deslealtad y el odio a sí misma (como revelan los poemas), al punto del suicidio, valores constituyentes de una moralidad conveniente, en tanto modelo, para la mujer peruana? Obviamente, no. Por otro lado, ¿qué tan verdadero es eso de que el patriarcado (en la forma del canon literario peruano) hizo de María Emilia Cornejo una víctima? ¿Qué tanto ha sido relegada, olvidada, postergada, proscrita por la crítica? Veamos, entonces, algunos hechos que bien pueden arrojar luz sobre el caso de esta santa hecha ídolo por la religión feminista.

En primer lugar, fueron hombres quienes la publicaron por primera vez, y no mujeres: en 1973, a un año de su suicidio, en el primer número de la revista Eros, de Isaac Rupay (un hombre), aparecieron tres poemas, editados por José Rosas Ribeyro (otro hombre). Fue ese mismo año en que el crítico Alberto Escobar (otro hombre) incluye dos de estos poemas en el segundo tomo de su Antología de la poesía peruana (1973), de modo que fue muy pronto «canonizada» por la misma crítica literaria «denunciada» por las feministas. Los poemas fueron producidos en el taller de poesía de la UNMSM, dirigido por los poetas Marco Martos e Hildebrando Pérez (otros dos hombres) y «al que asistía asiduamente». Más aún, el crítico literario Ricardo González Vigil (otro hombre) —probablemente quien más se ha abocado por establecer el canon de la literatura peruana— ha incluido a Cornejo en todas sus antologías generales de poesía peruana. En 2019, incluso apareció una edición más completa (y mejor organizada) de la poesía de Cornejo, a cargo de Pedro Casusol (otro hombre).

Fue recién a fines de los años ochenta que el sello editorial del Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán, una institución que, como todos saben, es ultrafeminista, publicó el poemario En la mitad del camino recorrido (1989) de Cornejo. Y ha sido recién en 2023 que el FCE puso, a disposición de los lectores, una nueva edición de la poesía reunida de Cornejo, titulada Todo lo guardo en mis ojos. Poesía reunida (1967-1972), a cargo de Evelyn Sotomayor. De tal modo que, solo sacando números y atendiendo a las evidencias, los hombres peruanos han hecho más por Cornejo, que las mismas feministas.

Nada de esto importa, desde luego. Pero no es lo único. Una revisión de las sucesivas ediciones de sus poemas, planteadas como «poesía reunida», nos muestra que, en efecto, hay fantasía, que la supuesta «obra» de Cornejo —quien jamás publicó un libro en vida, sino solo tres poemas, de corte socialista (zombista), en la revista Gesta (1970), dejando apenas algunos apuntes sueltos en cuadernos— es, en realidad, un «modelo para armar», es decir, puede articularse arbitrariamente, según las necesidades del discurso del organizador de los poemas (editor), situación de ambigüedad que permite que su figura y sus poemas sean leídos de cualquier manera.

Por esta razón, la «obra» de Cornejo es lo que otros hacen de ella. Depende de cómo otros manipulan sus poemas para establecer la imagen o figura que quieren forjar de Cornejo. Se ha convertido, entonces, en un instrumento de proselitismo: en un ídolo del que dimana capital simbólico. Una figura que sirve al interés y al beneficio de otros. En este caso, del feminismo y de las feministas. Y nada más. Y nada menos tampoco. La Cornejo no existe porque su construcción está en curso.

—¡Terrible, oye! —diría Monchi.

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