Mitológicas. III. Medea (o la mala madre)
Debiera llamarse «Karen», pero se llama «Medea». La misma que traicionó a su padre, el rey Eetes, cuando Jasón llegó a la Cólquide para llevarse el Vellocino de Oro, asistiéndolo a cada vuelta de tuerca, en cada prueba, perdidamente enamorada, con medios mágicos. La misma que, al ser perseguida por su padre, mientras huía con su amante a bordo del Argo, cortó en pedacitos a su hermano, Apsirto, y los arrojó al mar para detener la persecución del padre, así ocupado en recogerlos. La misma que aceptó a su lado a un hombre que acepta la traición y el fratricidio. La misma que asesinó a sus propios hijos, Mérmero y Feres, para vengarse de su esposo, cuando éste decidió dejarla para casarse con Creúsa, la hija de Creonte, el rey de Corinto. Gobernada por el orgullo, por la soberbia, por la ira, por la ruindad. Gobernada por burra mezquindad, por maldad pura. Poseída por el odio, puerperal, iracunda, crudelísima, voraz súcubo, llevó la destrucción total a sus hijos, a la propia sangre. Y luego se volvió a la Cólquide, como si no hubiera pasado nada. Diríase que todo fue por un plato de cornúpetas lentejas. Quizás, orgánico lector, debamos detenernos en este importante y significativo detalle:
La misma que asesinó a sus propios
hijos.
La misma que asesinó a sus propios
hijos.
La misma que asesinó a sus propios
hijos.
Aquella que sacrificó a sus hijos
en el altar de la propia locura.
Lo hemos visto antes. La mala madre putea
al lado de su hijo dormido. La mala madre da drogas a sus hijos. La mala madre castra
al padre, socava su autoridad y se los arrebata. La mala madre es carroñera y ve
en sus hijos un negocio. La mala madre es vístima
para todo el mundo. La mala madre emplea a sus hijos para acumular capital
simbólico y conseguir favores de todo tipo. La mala madre da de comer a sus
hijos de su propio dolor, su propia locura, su propio resentimiento. La mala
madre emborracha a sus hijos de idealismos. La mala madre es vegana y sin
fundamento hace a sus hijos veganos. La mala madre encuentra en sus traumas la disculpa
y la justificación de sus excesos, sin resolverlos. La mala madre solo tiene
víctimas, presas, pacientes. Por eso deviene en jueza, fiscal, profesora,
psicóloga, pedagoga: se alimenta de la sangre de los niños, del dolor del
padre.
La mala madre cree ser padre y madre
a la vez y cree que no necesita un hombre a su lado, ni sus hijos un padre, y se los hace
creer. La mala madre está siempre, siempre, borracha de poder. La mala madre
cree merecer el cumplimiento de todos
sus vanos deseos y exige al Estado que obligue al padre a darle más y más
dinero. La mala madre es un barril sin fondo. La mala madre es hambre sin fin. La mala madre cree tener la razón en todo, en todo momento, en todo
lugar. La mala madre usa diminutivos y un tono impostado para hablar con sus
hijos, como si fueran retrasados mentales a los que hay que limpiar el culo,
incluso a los treinta años. La mala madre es Bacante, Ménade, Amazona, Lamia, Hidra:
es Isabel Bathory y Lorena Bobbitt y Assia Wevill, Valerie Solanas y La Gata.
Lo vemos todos los días, en todos
lados. Para la mala madre, sus hijitos, sobre los que proyecta sus
frustraciones y sus deseos, no son más que una extensión de su ego y por eso no
distingue entre ellos y ella. Su rostro es el de ellos y sus palabras son las
de ellos. Para la mala madre, sus hijos solo tienen permitido ser el resultado
de sus experimentaciones. Para la mala madre, sus hijos son solo su apéndice y
los obliga a participar activamente en su locura. Para la mala madre no hay
fantasía más digna ni necesaria que la suya: sus hijos son solo personajes
secundarios en la película de su
vida. Para la mala madre, el resto de mamíferos del mundo mundial son solo
secundarias marionetas. La mala madre da de lactar a sus hijos ad infinitum. Para la mala madre, dar
teta es la única realidad.
Esa es Medea: ilusa, feminista,
revanchista, abortera, neurodivergente, empoderada, independiente, incapacitada
para la felicidad. Nada sabe del amor, aunque en nombre del Amor, su locura
tomará las riendas de su vida y de la de los demás. Lo vemos todos los días: en los
juzgados y en los pabellones del poder, en los ministerios y en las comisarías,
en los colegios. Lo vemos en hombres castrados (de su
masculinidad) por exceso de feminismo, en los hijos de madres solteras
desesperadas, emasculados con sus «nuevas masculinidades», en los hijos de
padres ausentes, apartados por un Estado al que no le interesa la salud mental
y espiritual de los niños, sino solo satisfacer la locura de las madres
desquiciadas, según libreto proporcionado por una cultura bipolar y enferma, obsesionada
con la madre, a la que idolatra con la misma pasión con que desprecia al padre.
La mala madre es, por su propia naturaleza, psicópata, megalómana y narcisista, la devoradora de sus hijos, ángel de su destrucción. Todos
la conocemos. Unos luchan con ella en juzgados, otros la veneran en altares
simoníacos, algunos son ciegos a su hechicería, muchos la disculpan y justifican.
Pero aquel que con amor se le acerca, la padece.
La vemos todos los días.
La traición de Jasón, aunque no justifica, se podría afirmar que sí explica la venganza de Medea cuando ella toma conciencia de haber sido engañada, utilizada, burlada. En tal circunstancia desfavorable para ella y en un contexto donde prima la visión patriarcal (el feminismo enfatizaría en lo misógino de las normas del mundo antiguo), ¿de qué medios dispone Medea para "visibilizar" la traición de la que ha sido objeto y poder resarcir su "dignidad" mellada (considerando que Jasón estaba dispuesto a dejarla por la joven Glauce, hija del rey Creonte)? Matar a los hijos, sin olvidar que tal suceso es mítico, simbolizaría, de modo cruel ciertamente, el intento de no permitir la continuidad del legado del padre "traidor" y, por ende, del hombre que se aprovecha de la "entrega" afectiva y pasional de una mujer que estuvo dispuesta a construir una "vida juntos". Además, no olvidemos que ya de plano Medea es presentada como "hechicera", con la connotación negativa que normalmente se considera: alguien que mediante ritos procura hacer daño, influir en la voluntad de otros o tergiversar la realidad. Pero, no olvidemos que hablamos de un mito. Y, sí, fue mala madre. Pero ¿lo fue antes de verse traicionada? ¿Y cómo catalogar el comportamiento de Jasón? No se justifica, pero...
ResponderEliminarQuerido Estacio: creemos que lo que «explica» el asesinato de los niños no es la traición de Jasón, sino la locura de Medea. Si por hacerle daño al esposo sacrifica la vida de sus hijos, entonces Medea no puede ver más allá de sí misma. Medea es, a su modo, la encarnación del odio salvaje y vive en un mundo donde todos los demás son sólo títeres sin propio rostro (llevan el de ella) y dicen, con cada palabra, el nombre de la hechicera (nos recuerda la película "Being John Malkovich"). Para que Jasón jamás la olvide, mata a sus propios hijos. Como si los niños no tuvieran su propia existencia, independientes de sus madres. Pero Medea, igual que toda mujer furiosa, es ciega a todo lo que no es ella misma. Sus hijos son solo extensión de sí misma. Por eso la vemos en los juzgados, usando a sus hijos como armas para atacar al padre ante otras Medeas. ¿Hay acaso algo más decadente y degradante que usar a los hijos como escudos y también como armas? ¿Hay algo más malévolo (porque sí: hay maldad, y mucha, en todo esto) que ver a tus hijos como municiones para la guerra? No hay amor en Medea, aunque parezca, aunque se disfrace de dolor, aunque a todos quiera hacer creer que ella sufre. ¿Sufre quien es capaz de asesinar a sus propios hijos? Detente un momento en ese detalle: que ELLA sufre. Que ELLA ha sido humillada, que ELLA ha sido ofendida, que ELLA, que ELLA, que ELLA... Como ves, no hay más allá de ELLA, y por eso Medea encarna la egolatría, la megalomanía, el narcisismo. Por eso, para ella, todo es disfraz para la manipulación y por eso se viste de mística, de «buena madre», de «buena mujer»: porque, para Medea, todo se trata de ELLA y nada más. Pero cuando el odio aparece en su interior, nada más importa, nadie más existe, sino ELLA. Por eso no importa cómo la presentan los mitos: no importa si dicen que es hechicera (y lo es) y no importa si Jasón la traicionó. Solo importa lo que ella hizo y ella asesinó a sus hijos. ¿Qué le hicieron los hijos, siendo niños, cómo la traicionan? Porque para ella sus propios hijos no importan, los asesina. Porque para ella son descartables. Porque para ella son solo títeres en la obrita teatral de la realidad que lleva su nombre. No es sólo a sus hijos a quien mata, sino también a Creúsa (o Glauce). Porque el odio de Medea no conoce límites y justifica, con la traición de Jasón, tanta malévola destrucción. ¿Qué justifica el asesinato, la devoración saturnina de los propios hijos?
EliminarHay mucho de sentido en tu razonamiento, pero se sostiene de una premisa que funge de eje alrededor del cual gira (y condiciona) todo lo que pueda decirse de Medea: su locura como suceso patológico que limita su capacidad de discernimiento, ante una situación adversa, para actuar con sensatez y, obviamente, con cordura. Ya venía mal Medea... Y se habría dado cuenta Jasón de ello?
ResponderEliminarEn efecto, Medea tenía un defecto de fábrica: estaba loca (esquizofrénica, bipolar, bulímica, disfórica, neurodivergente). Y esto se hizo evidente desde el momento en que traicionó a su padre y luego descuartizó a su propio hermano pequeño. Podía verse ahí, ya, lo que el futuro les deparaba a todos ellos. De Jasón, sólo podemos decir que es un miserable, también cegado por su propia ambición y su propio beneficio. Pero no creemos en la premisa que indicas: no creemos en que la locura «explica», ni menos aún que «justifica» sus actos, sino en todo lo contrario: en la responsabilidad personal. Visto así, cuando una madre «explica» y «justifica» la mala crianza que da a sus hijos aduciendo que «tiene traumas» (o, para tal caso, que tiene «ideas» o «buenas intenciones») y que nadie más (el padre) puede meterse en eso y que deben todos «dejarla ser», a sus anchas, y encima obliga a todos alrededor de la criatura a ver de cerca cómo ella, la madre, se la come y devora, nos permite ver de qué maneras Medea está, aún, vivita y coleando. De Jasón, nuevamente, sólo podemos decir que es arrogante y que en su ambición está su «hybris», que condujo al asesinato de sus hijos. Ambos tienen, pues, responsabilidad, pero por distintas razones. Medea, la mujer tóxica por excelencia, iba a matar, sí o sí. Y hombres huecos, como Jasón, poseen un imán para ese tipo de mujeres, que bien merecido lo tiene. Pero no sus hijos. Ahí nadie está realmente pensando en los niños. En los otros. Y es ahí donde empieza el problema.
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