Mitológicas. IV. Hipsípila (o la buena hija)
Aunque
con acierto se acuse a los griegos de misóginos, su mitología no solo registra hechos
terribles, dudosos, cuestionables, delirantes, macabros y trasgresores realizados
por las mujeres —en la forma de Ménades, Bacantes, Amazonas y Medea, por poner ejemplos—,
sino que ofrece también un relato tenaz de sus bondades, de su coraje, de su
altura, de su valentía y de sus poderosos sentimientos, tales como el valor de
ir contracorriente, ahí donde todo empieza a derrumbarse y conduce al
desenfreno. Este es el caso de Hipsípila, hija del rey de Lemnos, quien salvó a
su padre Toante de la matanza de los hombres en la isla, por parte de las
mujeres, según cuenta el poeta latino Estacio, quien inscribió su historia en la
trama de Tebaida. Lo mismo hizo
Apolonio de Rodas en Argonáuticas.
La historia es la siguiente:
decepcionada por el abandono y descuido de los ritos en el culto a Afrodita, la
diosa castigó a las mujeres de Lemnos con un olor pestífero —que algunos
interpretan como halitosis: algo bastante razonable, siendo que las poetisas feministas
usan simbólicamente la boca para «cantar»
sus negros poemas—, con el consecuente rechazo de sus maridos, quienes las desterraron
de la isla y trajeron concubinas de Tracia. Por esta razón, las mujeres
decidieron vengarse —en grupo, ¡qué sorpresa!—, azuzadas por los celos y poseídas
por la furia, nada menos que asesinando a todos los hombres de la isla. Todas
participaron de la matanza con excepción de una, Hipsípila, quien escondió a su
padre, el rey, un hijo de Dionisio, al que amaba —y al que no dejó morir en
manos de lampreas feministas, digo, de las mujeres enardecidas—, dentro de un
cofre hueco y luego lo arrojó al mar con la esperanza de que se salvara en
otras costas. Poco después aparecerían Jasón y los Argonautas, de gira por
Lemnos, donde se quedaron por un año, al cabo del cual reanudaron su camino a
la Cólquide, dejando preñadas, con paterna leche, a las mujeres de la isla.
Una mujer salvando a un hombre —a su
padre, nada menos, máxima representación de la autoridad— de la misandria, de
la difamación, de la cancelación, del desmembramiento y de la omofagia, de la guillotina.
Detente en esa imagen, querido lector, y contrástala con la realidad del
rollazo y la acción femifascistas. Ya sabemos cómo va ese tango de la
destrucción. ¿Lo recuerdas? A una ménade enardecida en plena marcha en el
centro de Lima, donde bailan como moscas, empuñando un cuchillo, detrás de una
máscara, con las tetas al aire (siempre decorosa la feminista, digna), con las
palabras «Muerte al Patriarcado» escritas (seguramente con kétchup, sin duda un
«inteligente» simulacro de sangre) en una rolliza y estriada barriga de abortera
alcoholizada. Fácil es intuir de que dentro de este lamentable espécimen humano,
que supura furor y desprecio y odio —llena de espuma la boca—, late una suerte
de posesión demónica, que lleva la destrucción, o busca llevarla al menos, al summum de la masculinidad paternal encarnando
la autoridad.
Hipsípila no es precisamente la
representación de la mujer preferida
por las feministas. No está aún contaminada por el odio, ni por la histeria
colectiva, ni por la arrogancia supina, ni por el narcisismo, ni por el orgullo
que, en cambio, esplenden en la Bacante descrita líneas más arriba. No está consumida
por el dolor. Al lograr su salvación, arriesgando la propia vida, la historia
de Hipsípila centra nuestra atención en la relación establecida entre un rey
sabio y su hija, criada por aquel con amor, devoción y sumo respeto. ¿Qué otra razón
que el amor y el respeto a la autoridad paterna, tendría esta mujer —que fue
maldecida por una diosa con mefíticos aromas corporales y, como consecuencia, ha
sufrido el rechazo y luego la infidelidad de su esposo, siendo tentada con la
aniquilación de todos los hombres y disculpada dentro de la histeria colectiva—
para salvar a su padre? Y más, aún: ¿Por qué puede Hipsípila distinguir entre
un hombre bueno y uno malo? En vez de someterse al designio de la fatalidad, en
vez de ceder al frenesí de la turba, ella se mete en el Estómago de la Bestia,
saca de ahí a Toante y lo pone a buen resguardo (de un barril en el mar).
La única explicación es bastante
simple, pero obvia: para ser la hija que es, capaz de arriesgar la propia vida
en manos de una horda enfebrecida de feminazis, teniendo encima la oportunidad
de hacerlo impunemente, Hipsípila, futura reina, habría recibido proximidad,
asistencia, guía, límites, compromiso, atención y afecto de su padre, en el que
vio siempre la encarnación de la autoridad benevolente, de la masculinidad que
la protege, de la paternidad amorosa que establece los linderos para mayor
seguridad y florecimiento de su hija. Ella es la prueba fehaciente de la
existencia del rey sabio. Jamás se le verá a Hipsípila en una marcha feminista.
Porque a diferencia de estas lampreas melancólicas, ella sí recibió el amor constante
y el candor fulgente de su padre. Por eso, Toante es el rey sabio: el padre que
a un tiempo es Presencia y Presente: amor y autoridad, sin tiranía.
Quizás por eso, al enterarse de la salvación del rey, las asesinas lemnias exigieron que Hipsípila se exiliara con sus hijos —posteriormente a la matanza, engendrados con Jasón—, camino en el que fueron capturados por piratas y vendidos como esclavos al rey Licurgo, de la región de Nemea. Pero esa ya es otra historia. Igual que las mujeres lemnias, las feministas detestan a las buenas hijas, a las mujeres que han recibido el indivisible amor de sus padres y no tienen, pues, daddy issues, ni odios de ningún tipo hacia los hombres. Profesan desprecio público y febril a las mujeres que tienen, en suma, el suficiente amor propio como para poner límites sin tener que destruir a nadie y asumir su propia libertad así con la responsabilidad de tirar su vida por la borda del dolor humano. Por eso, querido lector, jamás verás a Hipsípila, en plaza pública, calateándose por odio al mundo.
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