Locademia de Feminazis. Conclusiones

Se dirá que hemos tomado deliberadamente los ejemplos más radicales, más absurdos y más desquiciados de los estudios feministas y que ninguno es representativo de éstos, ni del sistema académico, ni de ninguna institución en particular, menos aún del «pensamiento» feminista. Se dirá también que entre los autores de los ensayos comentados hay algunos hombres, y que el feminismo no se restringe a las mujeres. Se dirá también que lo que pasa en EE.UU., no es de ningún modo representativo del feminismo en el Perú, país tercermundista al fin y al cabo, con una realidad social muy diferente, donde las mujeres enfrentan otras problemáticas como «clase oprimida», y que en cambio, el feminismo local se distingue del norteamericano en que adapta la aplicación del feminismo a su análisis de la realidad desde una perspectiva diferente y considerando fenómenos diferentes, aunque no hagan teoría y solamente difundan las ideas feministas. Se dirá también que hay ideas moderadas y menos radicales dentro del feminismo y, finalmente, que «hay muchos feminismos», algunos de los cuales hemos podido revisar en este pequeño ensayo.

Pero la charlatanería no tiene límites. Lo vimos con Irigaray, con Gay, con la «ciencia» y la «lógicas» feministas, con feminismo nacionalsocialista y hasta con los perros. Nada escapa al escrutinio feminista, ni el hielo. De modo que para dar una correcta explicación a todos los fenómenos del mundo, el feminismo se ha permitido vulnerar los principios más elementales del pensamiento racional, para luego exigir a la comunidad académica que se le valide en los mismos términos que rechaza. Es una pataleta, en suma, un berrinche en esteroides, una finta, un disfuerzo infantil. Y por eso necesita hacer trampa, porque el feminismo no puede, y porque, en último término, la charlatanería es siempre buen negocio. Pues se trata de «reivindicar» a la mujer, ¿no es cierto? ¿No justifica eso la mentira? ¿No justifica este objetivo, más noble que todos los actos nobles, entonces, el uso de todos los medios? Mas ya conocemos acá la «falacia de la mota castral» (motte and bailey), y ya sabemos en qué acaba.

Los artículos comentados han sido, en su mayoría, publicados en revistas indexadas, cuyo prestigio a nivel internacional, en todos los campos abordados, las hacen, precisamente, representativas del sistema de revisión y de la Academia en sí misma. Por lo tanto, lo publicado en ellas —que supuestamente tienen «altos estándares» de revisión por pares— está validado y respaldado por el capital simbólico o prestigio de la institución que lo publica, y por tanto sí representa lo mainstream: la cultura hegemónica dentro del ámbito académico. Y el simple hecho de que estos artículos hayan aparecido en estas revistas nos da una idea más clara de la predominancia del feminismo como ideología (una cosmovisión o mirada traducida en metodología y llevada hasta los confines más oscuros e irracionales) reinante en la Academia, su enorme chacra. Por oponerse al pensamiento «heteronormativo-patriarcal-falocéntrico», aquello que sin sangre en la cara llaman «pensamiento feminista» se apoya por default en lo irracional, lo ilógico, lo falso y lo desordenado, pues solo importan las narrativas sobre los fenómenos, y no la verdad de lo que los pone en marcha, por lo que no puede, no tiene cómo, producir conocimiento. Todo ello, tomando en cuenta de que no hemos abordado acá las teorías feministas, ni a sus «teóricas», sino que nos hemos limitado a comentar algunos de sus frutos actuales, en los que la ideología se ve en acción.

Quizás por eso, porque el pensamiento que la antropología denominó «mágico» cruza al feminismo de cabo a rabo, éste solo produce activistas desadaptadas, infantiles y menádicas, guerreras, justicieras sociales. Porque las facultades de Humanidades se han convertido en criaderos de truchas, digo, de pensadoras truchas, las aulas se han convertido en centros de terapia para lunáticas y por igual para moluscos, en cuyos testimonios afirman que hay más verdad científica, que en la producida por los mismos científicos. Porque serán feministas, gordas, verdeaborteras y neurodivergentes, pero, eso sí, cagan arcoíris estos unicornios.

Si bien es cierto que la realidad peruana y la realidad norteamericana —donde nacen y se gestan estas ideas— son muy diferentes, y esta diferencia es obvia, las feministas peruanas parecen no entenderlo, ya que han repetido, a los cuatro vientos, hasta la saciedad, con mueca simiesca, los mantras ideológicos que ellas importan de las universidades norteamericanas. No temen llevar a sus bocas la herramienta ajena. Por ejemplo, sin considerar la configuración de la mujer peruana afuera de los límites de Barranco, Miraflores, Pueblo Libre, Magdalena, Lince y Jesús María —que son los únicos lugares del mundo que parecen conocer—, trasladan a nuestra realidad —costeña, serrana, selvática; cristiana, evangélica, amazónica— el asunto transexual, como si, de un tiempo a esta parte, el Perú fuese una fábrica de transexuales (como que EE.UU. tampoco lo es). La llamada «disforia de género» —otro aspecto de la realidad que rechazan—, es un trastorno mental que se disfraza de «opción sexual» —un camino por el que se llega, pasando la pedofilia, a la necrofilia, la fitofilia, la zoofilia y al rojetismo— y se emplea como punta de lanza para rechazar la biología, nada menos. También acá, en el Perú, igual que monas, las feministas repiten el eslogan de turno, una y otra vez. Y aplauden. Es por eso que son y serán siempre rebaño.

Que la Academia haya entretenido seriamente estas sandeces y luego las haya validado significa que ha dejado de lado la búsqueda de la verdad, en favor de la justicia social, como bien advirtió el psicólogo social Jonathan Haidt, quien argumenta que las universidades no pueden seguir ambos caminos: o bien la verdad y el conocimiento, o bien la justicia social, la acción, la activación. La feminización de la Academia durante los últimos treinta años tendría que ver con la creación de «espacios seguros», una especie de úteros emocionales, dentro de los cuales los estudiantes «no tienen nada que temer»: la prueba fehaciente de que, aunque las furibundas feministas no crean en la maternidad, la maternidad, en cambio, sí cree en ellas. Y se abre paso.

En The Coddling of the American Mind: How Good Intentions and Bad Ideas Are Setting Up a Generation for Failure (en español, «La infantilización de la mente norteamericana: Cómo las buenas intenciones y las malas ideas preparando a una generación para el fracaso»), escrito con Greg Lukianoff, se señalan las tres falacias sobre las que se funda este infantilismo (que deviene en la «justicia social», de la que el feminismo forma parte activa): la falacia de la fragilidad, la falacia del razonamiento emocional y la falacia del «nosotros contra ellos». A lo largo del ensayo hemos comentado casos en los que se observa cómo, de uno u otro modo, las tres falacias del infantilismo actual columbran la espina dorsal del feminismo posmoderno que, con tanto ahínco y denuedo, muchas veces sin saberlo, repiten las zombifeminazis. ¿Será que están, todas, afectadas de histerismo?

Como sea, querido lector, recomendamos buscar estos artículos, leerlos, y hacerse cada uno de una idea clara y concreta del pensamiento feminista. Que no te basten nuestras palabras. Y que no sea solo dar la contra. Porque para eso está el muy real feminazismo.

Que la suerte (y la fuerza) te acompañen.

 

Comentarios

  1. Permítaseme emitir un juicio de valor. El conjunto de estos breves ensayos revela, con rigor, cómo una postura puramente ideológica, adoptada por un imperativo de identidad o simplemente porque sí (por la fuerza de arrastre de lo políticamente correcto, digamos), puede conducir a formas de razonar que se desarrollan de espaldas a la realidad y, lo que es peor, tergiversan la realidad de las cosas para beneficio de fines ajenos a la generación de nuevos conocimientos. Más aún, dejaría patente el gran negocio que representa todo ello para sus líderes propulsores, aunque también para sus más férreos defensores, feligreses, monaguillos y demás.
    Todo bien cuando se aplica al feminismo (adhiero, sin duda). Pero ¿estamos interpretando correctamente lo que representa en la actualidad y qué efectos produce de cara al futuro? ¿Carece el feminismo por completo de racionalidad? ¿Ignora los principios elementales del pensamiento racional y ello sería su principal fallo o debilidad? ¿Acaso el más riguroso pensamiento racional no podría conducirnos hacia erróneas o fatales consecuencias?
    Surgen más cuestionamientos, pero, por ahora, lo dejaré aquí.

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