Locademia de Feminazis. I. El virus
Porque
chillan cuando uno, haciendo agudo énfasis en la condición enfermiza y
parasitaria del feminismo, las llama «feminazis» y luego califica a aquel de
«cáncer», sorprende su disfuerzo al pretender lo contrario. La indignación, más
bien, de libreto, es ya la segunda naturaleza de estas vístimas ofendidas. Diríamos que sorprende, pero esa chilla resulta
bastante consistente con eso de ser, precisamente, un cáncer. Y ellas lo saben.
Y lo saben bien. Esa ávida voluntad de contaminar cada conversación e
interacción, esa vocación de envenenar cada relación, esa abierta disposición a
emponzoñar el espacio público —la cultura doméstica es cosa de cada uno y
pertenece al ámbito de lo privado—, esa inclinación al sadismo contra hombres —que
llaman «misandria»— y también contra mujeres —que llaman «misoginia»—, esa
preferencia por la destrucción, tan performática,
tan «virtuosa»: todo eso, que late en el comportamiento de las feministas,
presenta un «entendimiento» de la realidad que, desde el feminismo, exige a
éste propagarse en la sociedad como un virus. Y al feminismo lo hemos visto,
rastrero como es, infectar rápidamente las instituciones académicas, estatales
y mediáticas con la velocidad del fuego sobre un reguero de pólvora.
Esta necesidad de infectar —como un detrito diarreico en una
poza de mil litros de agua cristalina— la consciencia colectiva y, mediante un
proselitismo tenaz y luzbelino, conseguir más adeptos para el culto feminista,
con propaganda A-1, digna del nacional socialismo, cueste lo que cueste, considerando la capacidad del feminismo para
hacerlo siguiendo el modelo de un virus, son precisamente el tema central del ensayo
académico «Women’s Studies as Virus: Institutional Feminism, Affect, and the
Projection of Danger» (traducido como «Estudios de género como virus: el feminismo
institucional y la proyección del peligro»), de Breanne Fahs y Michael Karger (feminista
y molusco, respectivamente), de 2016, en la «prestigiosa» revista indexada Multidisciplinary Journal of Gender Studies,
consagrada a la «perspectiva de género», como su nombre bien indica, y perteneciente
al tercer cuartil (Q3) a nivel internacional. Esto aclara el panorama con
respecto del respaldo institucional que tienen estas ideas en el seno de la Academia.
No son radicalismos, ni tampoco planteamientos «marginales» o «extremistas»,
sino, en cambio, ideas representativas
de las corrientes ideológicas que hoy son hegemónicas dentro de la Academia. Se
trata de una revista nivel Scopus o Scimago, del tercer cuartil (entre las
mejores setentaicinco revistas académicas del mundo, entre cerca de cuarentaiocho
mil), la que respalda con su «credibilidad» (su capital simbólico) proposiciones
como ésta. Por estas razones, el feminismo y la llamada «perspectiva de género»
constituyen lo mainstream, es decir, la
cultura determinada por el poder a través de sus instituciones.
El interesante artículo de Fahs y
Karger empieza resaltando la condición disruptiva del feminismo, el cual «desafía
radicalmente las jerarquías sociales y carece de una identidad y canon de
pensamiento unificado» —fragmentación que acusa incoherencia e inconsistencia
como sistema de ideas— y posee una «estructura interdisciplinaria, crítica e
“infecciosa”», por lo que ofrece «perspectivas y objetivos innovadores que lo
distinguen». Tomando todo esto en cuenta, y considerando la necesidad de
adoctrinar a los alumnos universitarios en materia de feminismo (y de paso conseguir
más adeptos para el culto), se teoriza «sobre una futura prioridad pedagógica
de los estudios de género consistente en forma a los estudiantes en tal conjunto
de conocimientos que les sirva como “virus” simbólico para infectar, perturbar
e interrumpir en los campos de estudio tradicionales». En suma, el feminismo
busca «infectar» la mentalidad de aquellos que se encuentran expuestos, en las
aulas, a las diversas doctrinas. Con tal objetivo, se establece «una pedagogía
feminista ideal utilizando la metáfora del virus» y se investiga «cómo los
estudios de género y la propagación de los virus reales […] producen el mismo
tipo de respuesta emocional en los demás». Son las respuestas provocadas, producto de la interacción con
el virus, lo que pone en evidencia la condición parasitaria del feminismo. Por
esta razón, ven en éstas —en «la trivialidad, burla, pánico e ira que los
estudios de género pueden llegar a provocar»— un problema o un obstáculo al
proselitismo, concluyendo así que «pueden convertirse en un ámbito de estudio
potencialmente peligroso e insurrecto». Sin embargo, el feminismo es un caso de
éxito (viral).
Lo que decimos se objetará —pensando
que el feminismo no es un virus— afirmando
que esto ocurre solo en la academia norteamericana y que nada tiene que ver
con lo que acontece, a nivel académico, en Hispanoamérica, ni en el Perú. Pero eso sería mentir. La mayoría de alumnos de Literatura que busca continuar sus
estudios en el extranjero —y así pasar, de la maestría, al doctorado y,
posteriormente, al posdoc— lo hace con el objetivo de trabajar dentro de la
estructura académica, a cuyos lineamientos ideológicos debe plegarse si desea
formar parte de ella. De este pequeño mercado, la gran mayoría se forma en
EE.UU., y solo algunos —quizás los más capaces y talentosos— lo hacen en
Europa. Muchos «chapan» plaza donde estudiaron, otros obtienen cátedras un poco
más allá. Otros, muchos, vuelven al Perú, sin pena ni gloria, y entran al
sistema educativo en calidad de profesores de colegio, uno que otro aterriza en
alguna universidad local, quizás con suerte, mientras que otros convergen en
las áreas de edición, corrección o traducción. A veces, todo junto y revuelto.
De este mercado, aquellos que han sido formados
—léase: cableados, recableados, adoctrinados, domesticados, y mimados— en
EE.UU., sobre todo las novísimas investigadoras literarias, repiten, acríticos y
acríticas, con mayor convencimiento, zombimente,
los mantras ideológicos de sus respectivas instituciones matrices. Y aplauden,
mucho. Repiten mantras y aplauden, como los monos, llenos de gracia. ¿Será
coincidencia que la mayoría de los que vuelve de EE.UU. son rabiosos
feministas, rojetes de salón?
Excepto que el feminismo sí es un
virus, para hombres y mujeres. Pero ellas (y algunos de «ellos») hacen el
trabajo del Señor, digo, de la Señora, ¡oh, Gran Útero de Cenizas!, cual
misioneros: dúctiles instrumentos de un credo salvífico, para este Nuevo Mundo conformado
por quienes, bárbaros y primitivos, no somos, ni nos identificamos como
feministas. Curioso cómo, de la mano negra del feminismo, y en boca de sus
fieles adeptos, refulge, religiosamente,
esta críptica mescolanza de puritanismo, pudor, círculos de vergüenza,
silencios forzosos y penosos cilicios (muchos cilicios, como saben los
«aliades»). Sea como fuere, el feminismo es una enfermedad social, de tipo
espiritual y mental, que afecta peligrosamente los mecanismos del pensamiento
y, consecuentemente, los de la percepción —los empleados para reconstruir o
recomponer la realidad, en el nivel de la consciencia—, lo que subraya la
naturaleza lunática o histérica, digo, frenética, de esta nueva religión
parasitaria, que los más entendidos conocen con el mote de «feminismo» y que debemos
—¡oh, sorpresa!— a la izquierda. Una raya más a un tigre que ya parece pantera.
Cabe preguntarse, por supuesto, si
existe una vacuna para este virus. Queremos creer que sí y que esta vacuna
debiera proteger a niños y niñas, del Perú y del mundo, de contraer la
enfermedad de este parásito mental, espiritual y sentimental.
Con respecto de los casos de contagio, podemos afirmar que la vacuna tiene
escaso éxito pues la enfermedad muestra un acelerado progresismo, digo, una
progresión agresiva, que afecta a los principales órganos del cuerpo: el cerebro
y el corazón, los que anula sin posibilidad de réplica, afectando el alma del infectado,
en cuya crisis la posesión es un hecho. Cabe recalcar que la enfermedad es
difícilmente curable, apenas tratable (por razones obvias), por lo que
recomendamos correr a la posta médica más cercana, según advierta, con agudo malestar,
los primeros síntomas de la infección, tales como mórbida gordura, pelos de
colores, pañuelos verdeaborteros, obsesión por las marchas, poemas, denuncias a la carta, neurodivergencia, etcétera.
La vacuna son la realidad y el amor
propio: dos experiencias absolutamente ajenas y desconocidas para una
feminista. No existen tratamientos ni paliativos. Tampoco tiene cura en
aquellos casos que evidencian amputación e ingesta de hormonas. Por su lado, habiéndose
emasculado por sí solo, el «aliade» —todo él, un mutilado del amor: todo él, pura
metástasis— es presa fácil de posteriores ataques de fantasía feminista y
rojetismo.
Así que a lavarse la boca, mejor.
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