Locademia de Feminazis. II. Hielo, glaciares y misoginia

Dirán que hay «muchos feminismos», tantos «como hay feministas». Es decir, no se ponen de acuerdo. Digámoslo así: las feministas no se ponen de acuerdo sobre qué es el feminismo, lo que parece chiste, querido lector, pero no es sino la constatación de un «pensamiento» no sistematizable, incoherente e inconsistente. El feminismo es, pues, antes que nada, un asunto intuitivo, emocional y subjetivo, una ideología custom-made —o ready-made, ya que estamos con esto del simulacro, la simulación y las mercancías doctrinarias—, un instrumento que se ajusta a las necesidades del músico, una prenda que asimila la materialidad del cuerpo que la viste, un cliché listo que repetir en las fiestas galantes, realizadas en las terrazas y balcones más progresistas de Lima. Además, se dice que el feminismo no sólo es una herramienta infalible, sino que ofrece el marco correcto para entender «todos los fenómenos» que afectan a la mujer (y por extensión al hombre), que son, es decir, todos los fenómenos habidos y por haber. Se plantea como un marco (cuya definición es siempre elusiva) que sirve de explicación de la realidad, tanto material (natural, biológica), como inmaterial (intelectual, espiritual), y, por lo tanto, puede ser aplicado a cualquier cosa. Literalmente. No se puede exagerar, realmente, ni aducir «gato encerrado».

Un perfecto ejemplo de esto es el artículo supuestamente científico titulado «Glaciers, Gender and Science: A Feminist Glaciology Framework for Global Environmental Change Research», (traducible como «Glaciares, género y ciencia: un marco de glaciología feminista para la investigación sobre el cambio medioambiental global»), sorprendentemente escrito a ocho manos por cuatro mamíferos humanos (Mark Carey, M. Jackson, Alessandro Antonello y Jaclyn Rushing), quienes aplicaron un «marco feminista» al estudio sobre la formación del hielo, más precisamente, a la glaciología, es decir, a la «ciencia que estudia la glaciación y los fenómenos con ella asociados». La investigación de estas cuatro luminarias emplea un marco feminista —es decir, un cerrado universo de elementos y conceptos tomados de la «crítica» sociológica feminista— para analizar un fenómeno natural. Desde la lógica, el sentido común y lo pragmático, resulta incomprensible de qué modo esta herramienta puede servir al noble propósito de «mejorar» las relaciones entre el ser humano y el hielo —uno de los objetivos manifiestos del artículo, por más ridículo que parezca—, dejando de lado la pregunta por si resulta ser o no una herramienta conceptual apropiada para entender un fenómeno que excede a las relaciones de poder.

Basándose en la premisa de que los glaciares «son íconos clave del cambio climático y del cambio medioambiental global», y considerando que «las relaciones entre género, ciencia y glaciares —especialmente en lo que refiere a cuestiones epistemológicas sobre la producción de conocimiento glaciológico— siguen sin estar suficientemente estudiadas», los autores de este artículo —ya sin el decoro de un power-trio— se proponen —mediante una revisión de los «productores de conocimiento», de la «ciencia y [del] conocimiento con perspectiva de género», de los «sistemas de dominación científica» y de las «representaciones alternativas de los glaciares» en el campo y en la producción científica— fusionar «los estudios científicos poscoloniales feministas y la ecología política feminista», ambos fundados en las relaciones o dinámicas de poder, estableciendo de este modo un marco para la glaciología feminista, el cual, a su vez, genere «un análisis sólido del género, el poder y las epistemologías en sistemas socioecológicos dinámicos, lo que conduce a una ciencia y a unas interacciones entre el ser humano y el hielo más justas y equitativas».

Parece floritura, palabrería, fingimiento. Así es, querido lector. Y lo es. Aplicar la «perspectiva de género» a la epistemología científica entra en el campo que llamamos «Lysenkoismo»: término de uso figurado que alude a aquella pseudociencia que subordina los conocimientos científicos a la ideología. Que es exactamente lo que se proponen los autores en el artículo. En vez de poner el énfasis en los métodos aplicados y en los resultados de los procedimientos científicos, lo hacen en las condiciones biológicas (raza, sexo, edad, etc.) de quienes producen el conocimiento. No ponen énfasis en los conocimientos disponibles sobre la glaciología, sino que optan por ajustarlos al marco feminista, como si los resultados (o la misma formación de glaciares) estuvieran determinados por las dinámicas de poder. En vez de poner énfasis en la cualidad de los descubrimientos, somete éstos a un análisis de los «sistemas de dominación» dentro del campo de la glaciología, los cuales denuncian. En vez de representar íntegramente a los glaciares, proponen representaciones «alternativas» de éstos, que se ajusten a los designios ideológicos aceptados de antemano, como que «el hielo no es sólo hielo», sino que la forma que tiene el sistema heteronormativopatriarcal de asimilarlo es a través de categorías culturales que ponen en evidencia ciertas prácticas misóginas. Asumiendo que los seres humanos y los glaciares son, básicamente, lo mismo, buscan una ciencia consagrada a la «justicia social» que encima conduzca a relaciones «más justas y equitativas» entre unos y otros. Literalmente: en las human-ice interactions. A esto hay que sumar el componente político medioambientalista (de sandía: verde por fuera y rojo por dentro), pues de acuerdo con los autores, la necesidad de un marco feminista para la glaciología no se limita sólo al hielo y a los glaciares, sino que interviene en el ámbito de las políticas públicas y en la investigación, con respecto del cambio medioambiental global.

De locura, es cierto. Pero estas locuras están avaladas por la parte más prestigiosa de la academia gringa. La revista que en 2016 publicó el artículo, Progress in Human Geography, se ubica en el primer cuartil (Q1) del sistema académico de revistas indexadas a nivel mundial, para las áreas de geografía, planificación y desarrollo, dentro del campo más amplio de las ciencias sociales. Esto nos da una idea más clara del alcance, de la profundidad y del peso que estas ideas tienen en el ámbito de la Academia, sobre todo en su versión norteamericana, que es la que, con pitos y flautas, copian (y aplauden) las monas feministas del Perú.

Comentarios

  1. En un intento por interpretar hechos, diría que lo que revela desde hace varios años el feminismo es su necesidad de extender sus tentáculos sobre distintos ámbitos del conocimiento, a partir de una premisa que defiende a capa y espada y que se resume en algo tan simple como lo siguiente: la perspectiva de la mujer (feminista, se sobreentiende) ofrece una mirada diferente y, por ende, no solo aportaría un enfoque distinto al desarrollo del conocimiento, sino también que, como consecuencia de ello, ampliaría el espectro de conclusiones (generador, por tanto, de nuevos conocimientos) que podrían derivarse de las investigaciones científicas.
    Los pilares que sostienen esa postura, a mi entender, no serían otros que un anárquico subjetivismo y un intransigente nihilismo: el primero, construido a partir de los rezagos y estertores del romanticismo (que se resiste al paso del tiempo); lo segundo, construido con los remanentes de los “maestros de la sospecha” (Ricoeur dixit) y con las ideas postmodernas de la deconstrucción y demás hierbas.
    La pregunta es si esa premisa y las consecuencias que se derivan de ella, en el desarrollo de las investigaciones científicas (o que pretendan serlo), se corresponden o no con la realidad.
    Ya, de por sí, mezclar ideología de género con glaciares...

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  2. Normalmente, el engaño está en la terminología y en algunas de las premisas que no corresponden con la realidad. El rechazo de ésta se ha vuelto tan vehemente al interior de las Bacantes, que el feminismo moderno ha llegado al extremo de hacer creer (sin éxito, claramente) que un hombre puede ser mujer y una mujer, hombre. Pero si esto es cierto, entonces cabe preguntarse: ¿Qué es ser «mujer»? ¿Usar maquillaje, vestidos, peinados, joyas, tener voz aflautada? ¿Es sólo una cubierta, una apariencia, una construcción social y arbitraria? De este modo, el feminismo se revela finalmente como inherentemente misógino. Curioso, ¿no, Estacio? Curioso cómo encarna lo que odia. Con respecto de feminismo y glaciares, bueno, está claro que «todo vale» en esta Academia moderna, regida por feministas. De ahí el título deste ensayito.

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