Locademia de Feminazis. III. Dos travesuras académicas
Hace
casi treinta años, en el lejano 1996, el físico Alan Sokal se propuso exponer las
pobres estándares críticos y la falta de rigor académico en la «revisión por
pares» (peer-review) de las revistas
de Humanides que aceptaban publicar artículos que empleaban la jerga derridiana
y toda la parafernalia del lenguaje y lineamientos filosóficos de los
posmodernistas. Para ello, elaboró un engaño luego conocido como el «Sokal
Affair», que devino en escándalo y remeció al Academia norteamericana de aquel
entonces. Escribió «La transgresión de las fronteras: hacia una hermenéutica
transformativa de la gravedad cuántica», texto publicado en el primer semestre
de 1996 en la revista Social Text, de
Duke University. En él, Sokal postulaba que la noción de un mundo exterior
cuyas propiedades son independientes de los seres humanos sería solo un dogma
impuesto por la hegemonía posilustrada sobre el pensamiento occidental,
proponiendo, de este modo, que la gravedad cuántica era solo una «construcción
social», es decir, solo una «realidad lingüística», sin consistencia fuera de
ésta. Proponía, también, el desarrollo de una ciencia «liberadora» —de
matemáticas «emancipadoras»— que desafiara la a la «alta» ciencia, regida por
una casta, e incidiera en la creación de una ciencia posmoderna, que sirviera
al proyecto político progresista. Sandeces que se explican por sí solas. El día
de la publicación del ensayo en Social
Text apareció, en la revista Lingua
Franca, un texto firmado por Sokal revelando la «broma».
Al año siguiente, Sokal publicaría —escrito
a cuatro manos, con el físico belga Jean Bricmont— el volumen Fashionable nonsense (en español, Sinsentidos de moda: El abuso de la ciencia
por parte de los intelectuales posmodernos), en el que se aborda el mal uso
de conceptos científicos y matemáticos en textos de naturaleza no-científica de
filósofos, principalmente franceses, con inclinaciones ideológicas de izquierda
(Lacan, Virilio, Baudrillard, Deleuze, Guattari, Latour, la belga Irigaray y la
búlgara Kristeva), a los que acusan de charlatanería intelectual. También se
aborda el «problema de relativismo cognitivo», que consiste en pensar que la
ciencia es reductible a una narración determinada por dinámicas de poder y que
es, por lo tanto, solo una «construcción social». El libro es, pues, una
exploración de las ideas o sospechas detrás del engaño, las cuales fueron confirmadas
con la publicación del artículo en ese momento.
Si bien el «Asunto Sokal» ha dado pie
a un extensivo debate sobre la validez de estos engaños y sobre el problema de
admitir un «rigor» académico suscrito a posturas ideológicas determinadas (lysenkoismo), que todavía no se cierra —Jurdant
editó Imposturas científicas: los
malentendidos del caso Sokal (2003), y Sokal mismo revisó el caso, cinco
años después, en Más allá del engaño
(2008)—, el caso puso de relieve el hecho insoslayable de que los mecanismos de
revisión y validación científicos, sobre los cuales se sostiene la credibilidad
de los órganos de producción y difusión de conocimientos, representativos de la
institución científica, están viciados. Que antes importa la agenda ideológica,
que los conocimientos en sí mismos. Que antes que la verdad, importa el deseo.
Que para satisfacer esta pulsión se puede (y se deben) vulnerar los principios
científicos. Que se debe liberar al resultado, es decir, al conocimiento, del
obstáculo (corsé) que representa el rigor crítico, y ajustarlo a las
necesidades de la agenda política. Que el fin justifica los medios, en suma.
Teniendo como precedente, e
inspiración, el mentado «Sokal Affair», e intuyendo un deterioro de las
condiciones «científicas» de los textos y del sistema de «revisión de pares» ya
patente veinte años antes, el matemático James Lindsay, el filósofo Peter
Boghossian, junto a la filóloga británica Helen Pluckrose, realizaron la misma «broma».
Pero a otra escala, ya que escribieron un total de veinte artículos entre 2017
y 2018: cuatro fueron publicados, tres fueron aceptados, seis fueron rechazados
y siete estaban en «revisión de pares» al momento de descubrirse el engaño,
gracias a los periodistas de The Wall
Street Journal. El propósito era difundir deliberadamente ideas
cuestionables desde los marcos conceptuales y las perspectivas teóricas que son
aceptables para la Academia, los cuales agruparon bajo el mote de «estudios de
agravio», el cual incluye la teoría poscolonial, los estudios de género, la
teoría queer, la teoría crítica
racial, el feminismo interseccional y los estudios de gordura (fat studies).
El caso puso de relieve, nuevamente,
que los mecanismos de revisión crítica están «viciados» y que las tendencias
izquierdistas —marxistas, socialistas, etcétera— siguen siendo las dominantes,
pero al punto de hacer a un lado los mecanismos de conocimiento científico.
Solo importa defender el discurso ideológico que han hecho hegemónico dentro
del sistema académico. Es un discurso «único» que solo tiene apólogos, y no
admite disidentes, apóstatas, ni herejes. Por eso repiten mantras los profesores
y lo hacen también los alumnos, como si todos estuvieran programados para
repetir (y aplaudir), a pie juntillas, las orwellianas locuras de: «Guerra es
Paz. Libertad es Esclavitud. Ignorancia es Fortaleza». Igual que lo que
critican, los rojetes son monopolistas. Diríase que han tomado clases particulares
de Rockefeller, Ford y toda la mancha ultramercantilista. Han hecho de la
Academia su latifundio y han terminado expulsando (purgando) cualquier postura
contraria o no-alineada, crítica o disidente, incluso desterrando de ahí al
conocimiento. Lo único que importa realmente, es la agenda ideológica. Por esta
razón, la Academia se encuentra, en su mayor parte, al servicio de la
«revolución», ya perdida en el lysenkoismo.
Esto explica por qué la Academia está
dispuesta a entretener como válidas, e incluso verdaderas, ofreciendo su respaldo
y credibilidad institucional, proposiciones delirantes, de un nivel de absurdo
que entra en el noble campo de lo alucinógeno y que antaño, bajo ningún
parámetro, científico al menos, hubieran sido tomadas en serio. Los cuatro
textos publicados por Lindsay y compañía, bajo pseudónimo, son, podría decirse,
pequeñas obras maestras del troleo, que no debieran, pero fueron tomadas en serio por una Academia que ya no distingue
entre la realidad y la fantasía y ha derivado en un circo gótico, donde los
«productores de conocimiento» son eunucos o mascotas, al servicio de una agenda
política. Los textos son, pues, finas exquisiteces para el ojo atento. Como el
chocolate belga o el manga japonés, con
el convincente desparpajo de Mario Poggi.
Llegado a este punto, te preguntarás,
querido lector:
—¿Y qué importa todo esto, si acá estamos
hablando de feminismo?
Porque el camino que va de Sokal a
Lindsay, Boghossian y Pluckrose, querido lector, es una línea recta. Veinte
años después del primer engaño, la segunda travesura demostró que para la
Academia —representada acá por sus órganos de difusión de ideas y
conocimientos, como lo son las revistas indexadas—, inclinada hacia la
izquierda radical, el feminismo es la punta de lanza, siendo aquella dimensión infecciosa del discurso hegemónico (ocupado
en la deconstrucción del sistema occidental capitalista) que tiene más cabida y
recibe más recursos, porque cala con mayor facilidad, por la sencilla razón de
que el feminismo es bullicioso, ruidoso, nebuloso, emocional, parasitario, mediático
y ha probado ser una excepcionalmente eficiente herramienta de control y
división social y política. En suma: porque el feminismo es un buen negocio,
tanto a nivel de capital simbólico, como a nivel de poder institucional y,
desde luego, monetario.
De los cuatro textos publicados, tres
de ellos eran de tema e interés feminista —en las revistas Gender, Place, and Culture; Sexuality
& Culture; y Sex Roles—,
publicados en revistas feministas indexadas, igual que los tres aceptados para su
próxima publicación —en Affilia: Journal
of Women and Social Work; Hypatia;
y The Journal of Poetry Therapy—. De
los seis en revisión (al momento del destape), cuatro eran de tema feminista.
De los siete que fueron rechazados, dos son de tema feminista y dos abordan la «masculinidad»
queer. Esto da una idea más clara del
panorama académico. Recapitulando: de los siete textos publicados o por
publicar, habiendo sido aceptados, seis eran de tema o interés feminista. El destino
de los seis en revisión fue el mismo: la suspensión del proceso de «revisión de
pares». El tema dominante, por recurrente, a lo largo de los grupos, era el
feminismo. Porque la aceptación acrítica de las locuras del feminismo son el
discurso dominante, hegemónico, en una Academia presidida por mujeres, a menudo
desequilibradas. Pregúntenle, si no, a Claudine Gay.
Parece una coincidencia, pero no lo es.
Pero «hay, hermanos, muchísimo por hacer»… ¿Quién decía?
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