Locademia de Feminazis. V. Luna lunera
Otra
de las maravillas escritas por Lindsay, Boghossian y Pluckrose, por sus
premisas, por su metodología y por sus conclusiones es un artículo titulado
«Moon Meetings and the Meaning of Sisterhood: A Poetic Portrayal of Lived
Feminist Spirituality» (en español: «Encuentros lunares y el significado de la
hermandad: Una representación poética de la espiritualidad feminista vivida») y
aceptado para publicación por una revista «muy pequeña y especializada», The Journal of Poetry Therapy —del
tercer cuartil (Q3)—, que aceptó el artículo luego de una «revisión de pares»,
sin recomendar cambio alguno. Escrito por Carol Miller, otra Ph.D. de la
Portland Ungendering Research (PUR), otro pseudónimo, otra máscara literaria, sobre
la sospechosa premisa de que «la poesía es la única cosa que nos conecta, tanto
en la vida como en la sororidad», el artículo resalta al mismo tiempo la
espiritualidad feminista (new-age) y
la feminidad resentida-militante, a modo de testimonio —y que se trata, al fin
y al cabo, de una «autoetnografía», una especie de autoficción—, y explora ambas, desde la voz de una mujer divorciada
(la misma Miller), quien usa el «método» de «investigación poética».
Cabe resaltar el hecho insoslayable de
que el artículo fue escrito por un hombre (Lindsay), quien explora la
psicología de una «investigadora» feminista, y para tal fin escribió un texto
deliberadamente desordenado, tanto en estructura como estilo, que carece de una
tesis concreta. Que haya sido aceptado por la exaltación feminista (sin
saberlo) de un hombre enmascarado de mujer (trans,
básicamente), y avalado, por tanto, como representativo de lo mujeril, realza
lo cómico del asunto.
Así las cosas, Miller parte de la
idea que «la espiritualidad feminista es un centro de sororidad y disrupción
feminista que a menudo se subestima en la literatura académica» y que, para
contrarrestar estos prejuicios, emplea «la investigación poética combinada con
la autoetnografía para abrir una ventana a la práctica real de la
espiritualidad feminista en una pequeña sororidad de la que tengo la suerte de
formar parte». Con este objetivo, Miller habría compuesto poemas que «narran [su]
matrimonio fallido, mientras que las viñetas entre ellos arrojan luz sobre la
hermandad que me mantuvo fuerte mientras lo afrontaba». Entonces, se trata, no
del conocimiento científico, sino de un testimonio subjetivo a su vez
articulado con materiales (en extremo) subjetivos, como lo son los poemas, las
rupturas y fracasos personales. Pretender emplear la poesía como una
herramienta de investigación académica es un camino condenado al barranco pues
se trata de un discurso que no puede objetivarse. Asimismo, usar la
«autoetnografía», vale decir, el relato (y no el análisis) de la experiencia
personal, que solo puede ser testimonial y, por lo tanto, solo puede ser
subjetivo, es, nuevamente, recorrer otro camino a ningún lugar.
De este artículo, comenta Lindsay que
«utiliza un método denominado “investigación poética” para presentar una
descripción ficticia de las reuniones de espiritualidad feminista» y que al
final no propone ninguna tesis «clara». Se trata, más bien, «de un monólogo
poético divagante de una feminista amargada y divorciada, gran parte del cual
fue producido por un generador de poesía adolescente angustiada, antes de ser
editado, para darle un tono ligeramente más “realista”». Que nuestra
«investigadora» feminista tenga la misma psicología caótica que un adolescente
ansioso —probablemente hinchado de pepas— es no solo penoso, sino también
revelador, considerando que la feminista posee las mismas aptitudes cognitivas
que una adolescente saturada de estímulos, engreída y narcisista, sumergida en
una crisis de identidad que amplifica su ego, creyendo de sí misma lo que no
es, ni puede ser. Así, Miller mezcla en el texto «reflexiones autoetnográficas
autoindulgente sobre la sexualidad femenina y la espiritualidad para describir
un evento mensual bastante extraño para chicas», señalando, con jerga esotérica
new-age, los «“encuentros lunares”,
celebrados en una “sala del útero”, con un “santuario de la vulva”». En Miller
palpita el retraso, digo, el retrato realista de la feminista que se pretende «despierta»
pensadora.
De acuerdo con Lindsay, el propósito
de este artículo era demostrar que «las revistas aceptarán divagaciones sin
sentido si son suficientemente pro-mujer, implícitamente anti-hombre y
completamente anti-razón, con el fin de poner en primer plano formas
alternativas y femeninas de conocimiento». Estas formas «alternativas» y
«femeninas» son empleadas como instrumentos
de conocimiento, basados, por oposición —a los principios epistemológicos y
metodológicos que son representados por el patriarcado occidental—, en la
subjetividad, la «intuición», el deseo, el idealismo, etcétera. Esto es lo que
justifica (y explica) las divagaciones y afirmaciones erráticas de Miller. De
ahí que el texto no se articula desde la lógica, la razón ni la verdad, sino
todo lo contrario. A esto se suma una retórica misándrica, que evidencia un
odio implícito hacia el hombre, al que discrimina por el hecho de ser hombre y por tener una dulce verga (el llamado
‘penis-envy’). Que la revista haya
avalado esta retórica de odio avalando sus contenidos y que, siendo solo un
testimonio, encima mal escrito, la haya clasificado como «conocimiento
científico» (objetivo, racional, lógico y verdadero), uno de los propósitos del
peer-review, pone en evidencia hasta
qué punto se ha feminizado la Academia, como sostienen Helen Andrews y Amy Wax.
Queda, para la inmortalidad
literaria, Carol Miller: una poetisa feminista divorciada, con inclinación por
prácticas esotéricas del tipo new-age,
maestra de maestras de yoga andino, madre de tres gatos, dueña de una
importante colección de cristales, aceites esenciales, sándalo y parafernalia
incensaria, velas en forma de Apus y afiches art-nouveau de Medea, las Bacantes y las Amazonas, compradas por
Ali Express, gritona en marchas por causa nobles, sacerdotisa lunar y hetaira lunática,
vocera de ceremonias hippies, luchadora por la causa de una vulva como clase
horoscópica, e inventora, a cuatro patas con su animal de poder, del tarot
shipibo, durante una huasca sin dios.
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