Locademia de Feminazis. VII. Matemática demente
La
charlatanería no tiene límites, más aún cuando hablamos del feminismo
posmoderno. Esa inclinación humana por el «cuentazo», por la metida de rata sin
sangre en la cara, tiene, en la máscara feminista, la fisonomía de sus
fantasías más violentas, engañosas y agresivas. No son sólo la enfermedad parasitaria feminista, la glaciología feminista,
los perros homosexuales de amos homosexuales, la poesía esotérica feminista y el
manual de feminismo nacionalsocialista los únicos ejemplos de lo que pasa
cuando se «deja ser» a las feministas y en los que el desvarío toma las riendas
del asunto, llevando la fantasía a niveles nunca antes vistos en el campo del pensamiento
civilizado. En su libro Fashionable
Nonsense, Sokal y Bricmont revisan ciertos casos en los que los filósofos
posmodernos emplean conceptos y términos derivados de las ciencias naturales y
las matemáticas de un modo absolutamente erróneo e incomprensible, con el fin
de ocultar la falta de sustancia en sus ideas y sus palabras.
Entre los autores comentados, desde
el «abuso» al que someten a las ciencias —eje principal de Sokal y Bricmont—, encontraremos
a varias de las vacas sagradas estudiadas en los círculos académicos, como
Lacan, Baudrillard, Kristeva, Deleuze, Guattari, Latour, Virilio y, por
supuesto, no podía faltar, la lingüista, filósofa y psicoanalista feminista
francesa —¡oh, los atávicos disfraces!— Luce Irigaray, más conocida por Espéculo de la otra mujer (1974), en el
que polemiza con Lacan, de quien fue alumna, atacando el «falocentrismo» del
psicoanálisis freudiano y lacaniano, con respecto de la sexualidad de la mujer,
y argumentando, entre otras cosas, que la mujer vivía proscrita del lenguaje,
así como del resto de aspectos de la vida social, económica y política. Esto
siendo que —ella misma una mujer— fue respaldada por la misma institucionalidad
que criticaba, usaba el mismo lenguaje para articular sus ideas feministas y
era amparada por dicha cultura. Irigaray es una de las feministas más
influyentes en el ámbito europeo, particularmente en Francia y en Italia,
involucrándose con el movimiento feminista italiano, al que dedica algunos
textos.
Considera que, al ser relegada al rol
femenino de «madre», la mujer ha estado siempre desplazada de la cultura (y de
la subjetividad), y que su identidad está determinada por dicha función (rol)
social, puesta en segundo plano en la conformación de la cultura. A pesar de
todo, afirma que la mujer es el verdadero sostén de la sociedad y que la
cultura occidental se organiza a partir del sacrificio de la madre y, a través
de ésta, del sacrificio de todas las mujeres. En vez de entender el fenómeno
—también biológico— de la maternidad como un regalo, de modo afirmativo,
positivo, constructivo, Irigaray presenta a la maternidad como una carga, como un
peso muerto que recae exclusiva y excluyentemente sobre la mujer. Asimismo, para
Irigaray no existe la «diferencia sexual», puesto que una verdadera diferencia
sexual requeriría que hombres y mujeres sean igualmente capaces de alcanzar la
subjetividad: solo los hombres serían sujetos (autosuficientes y
autoconscientes), mientras que las mujeres serían «la otra», excluidas de la subjetividad,
y, por tanto, del lenguaje y de la cultura.
Pero no sólo escribió sobre
psicoanálisis y lingüística, sino también sobre la filosofía de la ciencia,
escritos en los que vierte sus teorías feministas aplicadas al campo de las
ciencias en general. Precisamente, afirma Irigaray que el conocimiento solo es
producido por sujetos (los hombres, que dan asco, asquito) y que, aunque tenga
pretensión de objetividad, incluso si sus técnicas determinan dicha
objetividad, la ciencia finalmente muestra ciertas elecciones, ciertas exclusiones,
y que estas están particularmente determinadas por el sexo de los sujetos
académicos involucrados. En otras palabras: lo que llamamos «conocimiento» es
solo parcial y subjetivo, solo puede serlo, y está determinado por el interés del sujeto.
En el capítulo que Sokal y Bricmont
dedican a Irigaray, señalando sus «abusos» en el uso del lenguaje científico,
puesto al servicio de sus divagaciones feministas, en el mejor estilo
posmodernista, los físicos rescatan su opinión de que: «Hoy en día, esta
materia [científica] muestra un enorme interés por la aceleración que va más
allá de nuestras capacidades humanas, por la ingravidez, por atravesar el
espacio y el tiempo naturales, por superar los ritmos cósmicos y su regulación.
También le interesa la desintegración, la fisión, la explosión, las
catástrofes, etc. Esta realidad puede confirmarse desde las ciencias naturales
y humanas». Del interés de los sujetos científicos por el fenómeno físico de la
aceleración, Irigaray deduce, esotéricamente,
como sintomático, el interés de «superar los ritmos cósmicos» y otras cosas por
el estilo, pues, como señalan Sokal y Bricmont: «¿A qué se refiere con una
aceleración “que va más allá de nuestras capacidades humanas”?». Quizás
Irigaray frecuenta «círculos de tambores femeninos», escribe poesía, tiene tres
o cuatro gatos, el pelo pintado y también una obsesión grasosa con la luna
lunera.
Luego de hacer un listado de
afirmaciones de Irigaray y desmentirlas —entre las que se encuentra la «perla»
esa de que a nivel subatómico las partículas no pueden ser percibidas, sino
solo definidas por instrumentos
técnicos sofisticados, debido al sexo de
sus operadores, como si esto determinara el resultado (la definición de las
partículas)—, Sokal y Bricmont se detienen en la afirmación de Irigaray de que
la ecuación E = MC2 es sexista, en la medida en que «privilegia
la velocidad de la luz sobre otras velocidades que son vitales para nosotros»,
siendo que lo que convierte a la ecuación en sexista es, en realidad, no su aplicación para crear armas
nucleares, sino «privilegiar qué es más veloz». En su comentario al libro de
Sokal y Bricmont, para la revista Nature,
«Postmodernism disrobed» (en español, «El posmodernismo desenmascarado»), el
biólogo Richard Dawkins señala que esta idea es reminiscente de Sandra Harding
—quien afirmó, con desparpajo, en The
Science Question is Feminism (en español, «La cuestión científica es el
feminismo»)— que el Principios
matemáticos de la filosofía natural, de Newton —que recoge sus
descubrimientos en las áreas de cálculo y mecánica—, era un «manual de
violación».
Parecen de ciencia ficción, querido
lector, estas absurdas consideraciones feministas para explicar el
funcionamiento natural del mundo, pero no lo son, por desgracia. Ya lo vimos
con la glaciología y la geografía. ¿Por qué la física, la química, la biología
y sus derivados no habrían de ajustarse, también?
Discutiendo sobre mecánica, Irigaray
afirma que la mecánica de los fluidos no ha sido aún estudiada suficientemente
(o se encuentra en estado de subdesarrollo), a diferencia de la mecánica de
sólidos (identificando lo sólido con el hombre y al fluido con la mujer),
siendo que la ciencia es «incapaz de lidiar» con la «turbulencia» (que sería un rasgo femenino), analogía de la sangre menstrual, estirando el chicle del
psicoanálisis hasta la ciencia. Debido a que el estilo de Irigaray es no menos turbulento, Sokal
y Bricmont se vieron obligados a recurrir a una exégeta de ésta para entender
mejor a Irigaray misma. Cómo un texto comprensible se deriva de uno
incomprensible —con lo fácil que es introducir ideas y subjetividad en ello—es
y será siempre un enigma. Sin embargo, ello demuestra un elemento
característico, esencial, del feminismo: su tendencia a lo irracional, a lo
ilógico, a lo tangencial y a lo superficial, pasándolo todo por agua tibia, con
la vulgar chapa de «pensamiento». En suma: detrás de estas asociaciones —el
hombre racional, lógico, representa el orden (sólido), mientras la mujer es
irracional, ilógica y representa el desorden (fluido)— planteadas por Irigaray,
late, en el fondo, la misma visión misógina que se denuncia en la ciencia. Como
indican Sokal y Bricmont, «reducir a la mujer a su sexualidad, a sus ciclos
menstruales y a sus ritmos (cósmicos o no), es atacar aquello por lo que ha luchado el movimiento feminista». En suma: el feminismo infantiliza a la mujer
y de nuevo la encasilla.
Y así nomás, se hace evidente parte
del problema: hay «muchos» feminismos, muchas «miradas violeta», pero todos estos
anteojos están bañados en brea, tan oscura como el alma de las Bacantes
activistas. Poco a poco, el feminismo se nos muestra como pensamiento mágico. Y
en el futuro será exclusivamente estudiado por frikis, por zooantropólogos e
investigadores de todo tipo, interesados en tema del idealismo parasitario que
torna a las dóciles mujeres en violentas lampreas.
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