Locademia de Feminazis. VIII. Rectora a cómodas cuotas
Las
cuotas aseguran una representación «igualitaria», dentro de la estructura
institucional, de la diversidad de actores sociales, desde un punto de vista
identitario —que considera aspectos biológicos o fortuitos de los individuos
humanos, tales como raza, sexo, edad, discapacidades, etc.—, creando para ellos
un lugar desde el cual representar, por medio de la participación, a una
comunidad determinada o una clase de individuos. Visto así, la identidad de una
persona solo puede ser entendida en términos colectivistas (y no ya por sus
experiencias individuales), desde el eje marxista de opresor-oprimido, de tal
modo que la cuota implica una oportunidad excluyente, reservada para las
comunidades que mejor calzan en el mote, condescendiente y paternalista, de
«minorías». Tomando a estas comunidades como «clases», la cuota busca la
reivindicación de la «minoría» dentro de la estructura «opresiva». Con respecto
de las mujeres, el feminismo ha buscado la «igualitaria» participación de las
mujeres, por medio de las cuotas, en todos los ámbitos del quehacer humano (especialmente
en aquellos que atañen al poder), forzando la inclusión de mujeres en todos los
campos profesionales.
Sin embargo, la cuota echa una sombra
de sospecha —con forma de tenaz cuervo— sobre la persona «cuotada», que
necesita una ventaja relativa sobre los demás para posicionarse en el campo,
pues de otro modo no tiene cómo competir: no tiene el talento, la inteligencia,
las ideas, ni la experiencia necesarios. Porque ya no se trata de méritos ni de
capacidades, sino de identidad (entendiendo ésta, además, superficialmente,
desde una visión reduccionista y materialista): inclinación sexual, color de la
piel, potenciales discapacidades, volumen de masa corporal, y otros, aspectos que,
dentro del mix identitario posible,
separa a una persona del espíritu de su comunidad y la inserta en la jaula de
la colectividad.
Porque
no puede,
esta persona: pero su piel sí puede, su vagina y sexualidad sí pueden, su
cuerpo sí puede, su edad sí puede, su retraso mental sí puede. Y lo acepta,
porque se ve a sí misma en desventaja, y porque la autocompasión y la
autoindulgencia son uno y lo mismo, finalmente. Porque está muy dispuesta esta
persona a aceptar migajas, trofeos de «consuelo», premios porque despierta
lástima, según ella misma piensa: porque
no puede. Esta persona necesita ventaja relativa sobre los demás, a gritos. Contra las chillas feministas de que las mujeres «no tienen poder» o de que «el patriarcado quita oportunidades» a las mujeres, en este caso, en la forma de la cuota, el
patriarcado les otorga oportunidades y privilegios que están vedados para
hombres, quienes, en cambio, compiten por plazas cada vez más escasas. La cuota
recompensa el activismo, no los conocimientos, ni el esfuerzo, ni el talento,
ni la experiencia. Es más de la condescendencia feminista que infantiliza a la
mujer.
Sobre la ex-rectora de Harvard —la
institución que mejor representa a la Academia a nivel mundial, por tener mayor
prestigio y capital simbólico—, Claudine Gay —en cuyo CV está ser negra,
activista, feminista y dueña de una vagina—, «experta» en economía y ciencias
políticas, cuyos estudios analizan la escena política norteamericana y se
enfocan en políticas de identidad y de raza, pesa una sombra como ésta, un
cuervo así de ominoso. Una sospecha de proporciones cósmicas, digo, cómicas,
siendo que, además de sus «credenciales», que la hicieron presidente de Harvard, nada menos, fue acusada de plagio —en «más de dos docenas» de textos—, por lo
que Gay renunció a su cargo, forzosamente, en enero de 2024, apenas seis meses
después haber asumido su gestión.
Has leído bien, querido lector: de
plagio. Y todo empezó con una investigación de The New York Post luego de las declaraciones antisemíticas de los
alumnos, tras el ataque a Israel del 7 de octubre de 2023, ante los cuales
Gay y la administración de la universidad se mantuvieron en silencio. El 30 de
noviembre de ese año, se anuncia que Harvard es una de las universidades
investigadas por motivos de discriminación racial. El 5 de diciembre de 2023,
Gay es interrogada por el Comité de Educación de la Cámara de Representantes de
los EE.UU. —junto con otras dos cuotas, digo, presidentes: una Liz Magill de la
Universidad de Pensilvania, y una Sally Kornbluth, del Instituto Tecnológico de
Massachusetts—, audiencia en la que se escuda detrás de tecnicismos ante la pregunta sobre si
la incitación al genocidio —lo que calificaría como «discurso de odio» (ahora
sí, sistémico) contra los judíos— violaba las normas de la institución sobre
acoso e intimidad. El 7 de diciembre se disculpa públicamente por sus palabras.
El 9 de diciembre, Magill renuncia, pero no pierde su cátedra, y el 12 del mismo mes Harvard
emite un comunicado de apoyo a Gay. El 19 de diciembre se dice públicamente que
habría plagiado hasta en cuarenta oportunidades. El 20 de diciembre admite
haber encontrado otros dos casos de plagio, esta vez en la disertación de su
tesis de 1997, afirmando que, sin embargo, ello no justificaba una «mala conducta en la
investigación» y que «enmendará los errores» en el texto, según informó The New York Times. La Cámara de
Representantes informa a Harvard que iniciará una revisión del manejo de
Harvard de las acusaciones de plagio de Gay, las cuales datarían de los últimos
veinticuatro años. El 1 de enero de 2024 se publica en la web otra acusación de
plagio contra Gay, por seis casos más. El 2 de enero, finalmente, Gay renuncia
a la presidencia de Harvard, a la que se aferró, cual Gollum al anillo.
Hasta en las mejores familias, dicen.
Solo que de esta endogamia académica feminista todos los años nacen «intelectuales»
—gestores académicos, debiéramos decir— con cola de cerdo, tipo real
maravilloso combinado con bestialismo americano.
Pero qué gran negocio.
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