Locademia de Feminazis. Introducción

 

A nadie sorprenden ya las proposiciones de feministas, progresistas, izquierdistas, ni del resto de criaturas de aquel corral. En el caso particular del feminismo y de las feministas, estas han llegado a sostener las premisas más delirantes y perturbadas, por fundarse contra la realidad, desfigurándola, alterándola y rechazándola, en último término. De ahí que sean nociones engendradas por mentes enfermas, que bordean la locura o se nutren de ella. De ahí que gran parte de las feministas tenga, a nivel personal, problemas mentales: morbosidades, traumas, desvíos, alucinaciones, violencia, o alguna otra forma de locura —entendiendo esta como una incapacidad para ajustarse o adecuarse a la consistencia material del mundo, ni a las dinámicas sociales de la realidad—. Algunas —los «aliades» son solo hombres que carecen de una espina dorsal— se disculpan diciendo que son «neurodivergentes», que están «dentro del espectro autista» o que son «asperger», olvidando mencionar que, en muchos de estos casos, padecen bipolaridad, esquizofrenia o trastorno límite de la personalidad.

Creemos que estas personas, como cualquier otra, y siempre a nivel individual, sufren, y sufren mucho, por una u otra razón, aquejadas como lo están del alma y de la mente, y es por eso que, invocando a nuestro hippie interior, debiéramos ayudarlas, o al menos intentar seriamente de hacerlo. A la cosecha biológica —una buena parte de los problemas mentales son herencias genéticas— acompaña la odiosa hechura humana: la creación de fatídicas condiciones para el florecimiento del dolor, de la locura, del desarraigo. Hijas de un padre abusivo, esposas de un marido infiel, sobrinas de un tío violador, alumnas de algún perverso profesor, víctimas reales de un pedófilo, etcétera, que, al fin y al cabo, acaban repitiendo mantras que ni ellas entienden pero aun así esputan, con espuma, por la boca. Para entenderlas, debemos ir a la fuente, al ojo de esta agua muerta, y leer lo que de allí brota, sulfúrico.

El feminismo ha buscado normalizar esta locura e integrarla a la sociedad como un elemento disruptivo, dándole incluso un lugar para que florezca en la forma de «pensamiento» feminista, a medio camino entre los departamentos de Humanidades y Ciencias Sociales de las universidades, en lo que se llama «Women’s Studies» o «Estudios de Género», aplicable a cualquier tema u objeto de investigación, según afirman, por acción política. De esta manera, trasladan la dinámica básica del marxismo, la del opresor-oprimido, al ámbito de la cultura, según designios de Gramsci. Puesto que el feminismo se configura como una fuerza opositora cuyo objetivo es demoler el sistema patriarcal heteronormativo —y, por tanto, se lanza contra la razón, la lógica y la verdad—, está claro que emplea otras «herramientas» de pensamiento, como el sentimiento, la emoción, la moralidad, el pudor, la vergüenza, la empatía, el deseo, etcétera. Deténgase tantito, querido lector, siéntese, tómese un café, medite: el «pensamiento» feminista se plantea sobre el uso de «herramientas de pensamiento» que no son la lógica, la razón, ni la verdad.

De ahí que, atrincherado en la Academia —supuesta «casa» del pensamiento—, igual a un reyezuelo en drogas pesadas, el feminismo plantee las proposiciones más delirantes e inaceptables. Por falsas: tratándose de investigaciones que, mirando lo que miren, anticipan sus propios resultados, que son, a su vez, la proyección de un deseo a imponer sobre la realidad y cuyo origen es el dolor (del puro, purito), el trauma de su «pensadora» y, sin distinción, a toda su «clase»: la mujer, a la que por encima de todo, no representa, y cuyos intereses cree poder redefinir según sus propios (radicales) designios. Visto así, el feminismo no es más que una fábrica de infantiles narcisistas, que buscan imponer su deseo al resto de mamíferos del reino humano. El deseo —su deseo— de que el mundo sea así o asá: de cambiarlo, de trocarlo por una ilusión virtuosa.

Creer que no hay una relación entre los actos y el pensamiento es como creer que no hay una relación directa y recíproca entre el cuerpo y la mente. Siendo que unos y otros están, en realidad, íntimamente relacionados, sería absurdo pensar que los problemas psicológicos de una persona no determinan la consistencia de sus ideas y, consecuentemente, de su comportamiento. Personas como lo son, según entendemos, la activista feminista, la escritora feminista, la profesora investigadora feminista, la funcionaria feminista: mujeres traumadas luego de haberse cruzado con algún mal padre, una pareja abusadora, un hombre mezquino o malvado que «se aprovechó de ellas» (como suelen decir).

Así las cosas: ¿Qué puede decirnos, del vasto Mundo, el feminismo? A esta pregunta, que persiste en el aire, querido lector, queremos dar respuesta, adentrándonos un poco en el bizarro mundo del «pensamiento» académico feminista. Un mundo de fábula, por cierto, que está poblado por criaturas mágicas, capaces de trocar «con éxito» su propia fisonomía y alterar hasta la última célula de su feble cuerpo y hasta su propia fisiología. Un mundo creado por cortesía de estas grasosas gargantúas del «pensamiento» que la fauna posmoderna conoce con el (ya) mítico apelativo de «feministas». Acá las veremos en acción. En la acción de pensar, es decir. Con todo lo que ello implica. Antes que los libros «canónicos» del feminismo, acá nosotros hurgaremos en algunos de sus felices productos, como quien entra a un museo arqueológico para ver sus perlas más brillantes, como por cerdos escupidas.

Así que ajústese los cinturones, querido lector, y acompáñenos a un tragicómico paseo por las aulas de la jaula académica, donde se encuentra la feria de las mercancías ideológicas y, en su centro, el carrusel de los necios.

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